Se los quiere cortar por infiel

“Antes de sorprenderlo poniéndome el cuerno, para mí su palabra era ley. Me gustaba pensar que su cuerpo era mío”
Yudi Kravzov
14/06/2016 - 05:00

Desde que sé que me engaña, me dan ganas de asfixiarlo cuando lo escucho dormir. Es así, no lo puedo decir de otra manera. 

Detesto que me salude con la misma cordialidad con la que trata a sus amigos. Odio verlo mentir cuando sé de dónde viene y huele a la loción que esconde en su coche. Me enferma besar su boca y escucharlo hablar de ética y valores. Critica a los políticos mentirosos, pero en casa, él miente y miente. Pero lo que más me caga, es escucharlo roncar a mi lado y compartir con él mi cama y mis noches, especialmente en esas largas madrugadas en las que, cansada e indignada, me pregunto ¿por qué no soy yo la que se está cogiendo a alguien más?

¿Hasta cuándo voy a soportar este silencio? ¿Cuánto tiempo falta para que sea él quien decida irse? ¿Por qué no agarro sus cosas y lo corro de una vez? Es como si esperara a que sucediera un milagro que no va a suceder. Vivo con un hombre que por las noches ni me coge ni me deja descansar. Punto.

Antes de sorprenderlo poniéndome el cuerno, para mí su palabra era ley. Me gustaba pensar que su cuerpo era mío,  que sus ronquidos eran los de un ser superior que ahuyentaba pesadillas y malas vibras. No sé, como que me arrullaba con ese ir y venir tan suyo. Hasta solía creer que entre nosotros había una historia de otra vida, una simbiosis maestra. Vaya, nunca tuve curiosidad de sentir a otro dentro. Su olor y su voz eran vitaminas. Me daba sed de él cuando se iba por días, y escucharlo roncar me daba seguridad y alivio. Hoy todo es distinto. 

Lo escucho hablar en la mesa y me dan ganas de gritarle “¡mentiroso!”. Ya no le sirvo la comida, ni le cocino con gusto. Prefiero que coma fuera,  por eso en las noches lo mando a los puestos de la colonia a buscar quesadillas o elotes. “Que me atienda él”, me digo a cada rato; que sea él quien me pregunte, quien me extrañe... Sin embargo, sé que me hago tonta, porque ni se da cuenta ni le importo. Lo que él sigue queriendo es tener una esposa que le cuide a su madre y a sus hijos, que le ahorre sus quincenas y se ponga las pilas con los descuentos. Él no sabe que yo sé que anda por los rincones, presumiendo a esa fulana mucho más joven que yo,  pero un día me la voy a topar y le voy a arrancar los pelos.

No estoy exagerando. Soy de las que sabe aguantar cuando las cosas se ponen bravas, de las que no se enfría con palabras tiernas, de las que no cambia de opinión y no olvida.

Traicionada, vulnerable y triste no lo puedo oír roncar. Simplemente su ronquido, en lugar de arrullarme, me revienta. Duermo mal a su lado, me irrita escucharlo y sólo quiero salirme a la cocina, al sofá, a ver la tele. Termino a mis anchas con películas, series y todo lo que me quite las ganas de apretarle los huevos y preguntarle si de verdad cree que soy idiota... ¿Cree en serio que me está engañando? No sabe que estoy esperando el momento en que se atreva a pedirme una chupadita para clavarle ahí los dientes, o para cortarle la circulación por siempre para que su cosota le falle y ya no le cumpla a ninguna otra más.

¡Aaayyy! Si lo que me relaja es que pronto ya no voy a escucharlo roncar jamás. Se va a ir de mi vida antes de que cometa yo una estupidez, antes de que se me acaben las lágrimas, y mi autoestima me tumbe por siempre; se tiene que ir antes de que mi sexo se seque por completo, mis ganas de matarlo ganen o la indiferencia me atrape por siempre.

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