Ansía sentir su paquete | INSTANTÁNEAS

Ella buscaba tener un empleo decente, para dejar de ganar dinero moviendo el cuerpo con hombres extraños
Yudi Kravzov
10/08/2015 - 03:00

Ya no quiero que me pase lo que siempre me sucede cuando estoy en una sala de espera. Pienso y repienso en todo lo que sé hacer y en todo lo que me gustaría realizar una vez que me den el puesto. Espero impaciente a que me reciban para que me hagan la entrevista. Ya sé que me van a preguntar por mi historia laboral, van a mirarme bien y van a decidir si soy o no apta para el trabajo secretarial que estoy solicitando. Tengo miedo, porque si quien me entrevista es hombre, me va a pasar lo de siempre y no voy a poder hacer nada al respecto. Es como un pequeño ataque mental que no me deja pensar, o más bien, que me hace pensar en cosas que no debería.

Mi hermana dice que es inseguridad y que lo que tengo que hacer es respirar. Respiro y pienso. Respiro lento, para quitarme el miedo y para que en cuanto vea al entrevistador, se me quite la sensación de que estoy a punto de ahogarme. Tengo terror por todas las posibles preguntas que seguramente no sabré cómo responder en cuanto se me vaya la concentración. Ya me lo ha dicho mil veces mi hermana: “Todo está en respirar. Respira despacio. Inhala durante cuatro segundos, sostén el aire mientras cuentas en tu mente hasta tres y poco a poco ve soltando. Verás cómo se van los nervios”. Siempre me lo dice, y aunque trato de hacerle caso, siento que se me sale el corazón. Me sudan las manos, se me seca la boca y se me entumecen los brazos.

 Sé que si me va bien, me van a volver a citar para conocer mis aptitudes; me van a cuestionar sobre mis estudios, mi trabajo anterior, mis metas a corto y a largo plazo. Puedo contestar; no tengo problema con eso. Lo que pasa es que si me entrevista un hombre, los nervios se me cruzan con las ganas. A ver si me explico bien; se me revuelven las ganas de conseguir el empleo con las ganas de demostrar que, además de todo, soy una diosa en la cama. 

 Contesto de manera mecánica lo que tengo que decir, pero mis ojos se desvían al paquete, a los dedos y a los labios de mi entrevistador. No puedo evitar imaginar a qué sabe su saliva, a qué huele su sudor, su cuello, y a qué saben sus dedos. Quiero saber de qué tamaño es su pito y la forma en que da besos. Quiero sentir su paquete en mi mano, apretarlo un poco y sopesarlo sin prisa, para empezar a conocer la dimensión de lo que dentro se esconde. Mientras el entrevistador me pregunta por qué quiero trabajar ahí, mi voz le contesta un rollo sobre mis ideales y cómo se compaginan con los de la empresa, pero mi cabeza está en conocer las caras que hace cuando se viene. No dejo de imaginar que si ese hombre estuviera debajo de mí, me estaría preguntando si ya la tengo bien adentro, si así es como me gusta y empiezo a imaginar los gestos que en ese momento haría él.

 Ojalá que me entreviste una mujer. Me deshago de los nervios, porque sé que sólo tengo que concentrarme en lo mucho que necesito conseguir la chamba. Quiero tener un sueldo fijo, un horario decente, arreglarme en las mañanas, tener compañeros de oficina. Quiero adentrarme a fondo en el mundo de las computadoras, los escritorios, los papeles, las firmas, los contratos, los estados de cuenta, las fotocopias y los teléfonos. Necesito ser parte de un equipo y de una empresa, y que mi cuerpo sea mi máquina para circular no mi herramienta de trabajo. Quiero volverme otra, manejarme de manera distinta, dejar de ser la puta que sabe ganar dinero moviendo su cuerpo, construyendo sueños ajenos. Necesito dejar de ser la que despierta con hombres que no saben estar solos. Quiero ser Paloma, la mujer ejecutiva y lista. Deseo con toda el alma no ser más la paloma que se escapa por las ventanas de las recámaras donde se entrega por dinero, la que sale volando hasta el más allá y cuando regresa a la Tierra, se baña en la regadera de un motel y se siente sucia. Ya no quiero mentir en mi casa; me gustaría vivir tranquila, sentirme bien y no pasarme el día dormida, intentando fugarme de esta realidad tan triste.

Yudi Kravzov

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