La dosis exacta

La pasión que se refleja en la mirada es capaz de avivar sentimientos que parecían enterrados desde hace mucho tiempo
Yudi Kravzov
09/08/2014 - 03:30
Emanuel
Tengo 28. Desde hace cuatro años, corté con una medio novia con la que nunca quise andar. No me he casado y por lo mismo, parte de la familia de mi padre piensa que soy gay. 
 
Quizás soy un poco cursi cuando se trata de regalos a mi madre. También reconozco que me gusta la poesía, y me imagino que por eso, mis primos se divierten haciéndome burla. Yo no siento atracción hacia los hombres y en verdad, no había llegado a mi vida la mujer que me hiciera pensar en tener pareja. 
 
He sido criticado por arrogante y por tacaño. Dicen que no compartir ni cama ni rutina llevará mi vida a la soledad. Me hacen sentir como un tipo extraño cuando voy solo al cine o cuando me siento a comer con mi libro. La gente de la chamba me ve raro cuando les explico que a mí no me gusta eso del trabajo en equipo.
 
Tengo dos hermanas mayores a las que quiero y respeto. Son muy apegadas a mis padres y eso me quita un gran peso de encima, ya que coopero con parte de mi sueldo para los gastos de la casa, y al aportar, no me andan controlando ni preguntándome cosas. Me dejan ser a mis anchas y llegar a casa solamente a dormir o encerrarme en mi cuarto si me da la gana.
 
Una de mis primas me presentó a Natalia; es cinco años menor que yo. Vive cerca de la casa. Es una chava rellenita, pecosa y alegre. Supe que quería algo conmigo por la forma en que me miraba y me sacaba conversación.
 
En cuanto me veía, me preguntaba por el libro que llevaba en las manos. Se dio cuenta de que me gusta profundizar en temas polémicos, así que un día, de la nada, me abordó para preguntarme sobre la legalización de la mota, sobre los efectos que le hace un churro a la mente humana y se quiso hacer la interesante cuando afirmó que Denver y Washington son dos lugares estadounidenses en los que ya se legalizó la mariguana para “fines recreativos”.
 
Debo decir que a pesar de que no es el tipo de chava que por su físico llama mi atención, solamente por la forma en que me reta, me puedo quedar horas mirándola. Cada que me rebate una opinión, veo cómo se enciende una chispa en sus ojos, y eso es algo que pocas veces veo en otras mujeres. 
 
La pasión se le desborda con las palabras, y a mí verla debatir entre que si se debe o no legalizar la mota, me hizo pensar en que con una chava como ella, sí me lanzaría. Se me antojó sentir de cerca la piel de su cuello, conocer su aroma, probar a que sabe su saliva y hasta conocer el olor íntimo de sus calzones. La chavita piensa, es lista y eso fue lo que más me atrajo.
 
Mi punto de vista liberal lo resumí con estas palabras: “la educación es la única arma contra las drogas”. Así es como pienso yo; por más que se prohiban y prohiban, las noticias demuestran que las drogas se pueden conseguir en todos lados. No existe un sitio en el mundo donde uno pueda estar a salvo de ellas, y más ahora que en el conjunto de “las adicciones” entran el chocolate, el alcohol, el tabaco, los refrescos, las fritangas y hasta el pan. Cuando te das cuenta que es el exceso lo que te daña, tu perspectiva se vuelve otra; te puedes tomar un tequila o comerte un chocolate y hasta fumarte un churro de vez en cuando, pero siempre con moderación.
 
—Y para ti el sexo, ¿también es una droga? ¿es adictivo?— me preguntó irreverente Natalia. 
 
Esas palabras fueron las que hicieron que el corazón comenzara a latirme con fuerza, que debajo de mi pantalón sintiera cómo se me despertaba una parte mía fulminante y pasional. Quise tocar su alma y que mis suspiros se volvieran visibles, porque nada iba a poder sacarme de la cabeza el deseo estúpido de poseerla.
 
Comencé a  imaginarme su cuerpo junto al mío, tuve ganas de atenderla y hasta verla llegar. Desapreció esa arrogancia mía que tanto critican mis hermanas. Vi en Natalia la pieza fundamental que necesito para mi familia ideal.
 
Mis tíos y mis primos ya no andan jodiendo si soy o no soy gay. Natalia y yo hemos leído juntos a Benedetti, a Fuentes y a Pessoa. Me manda citas, le mando cuentos, y en la cama, cada vez que nos amamos, le recito mis propios poemas de amor.
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