El primer gran amor

La atracción hacia un familiar cercano puede provocar un cúmulo de sensaciones inesperadas
Yudi Kravzov
06/06/2014 - 22:39
Hace dos semanas estaba como loco deseando conocer a la mujer que me haría olvidar a mi prima Pamela. Es cuatro años mayor que yo, pero desde que era un niño, la he visto como la mujer más hermosa del mundo.
 
Mis tíos, mis papás y mis abuelos vivimos en la misma cuadra, así que la obsesión por mi prima Pamela ha crecido con el tiempo. La veo a diario cuando sale a correr, cuando se va de fiesta, cuando regresa de la universidad con libros. Me gusta cómo se viste, cómo se peina, cómo mueve las manos al hablar y cómo pasea por la cuadra con el celular pegado al oído.
 
Puedo observar por horas a Pamela discutir con su mamá, jugar con mi primita Mariana y hasta le he visto dormida sobre el sillón, cuando vemos películas en casa de mis abuelos y a ella la vence el sueño.
 
No me había dado cuenta de qué tan fuertes son los sentimientos que tengo hacia Pamela, hasta que se hizo novia de un tal Rafael. Odié la noche en que ella lo llevó a cenar con la familia y lo presentó como su novio. Me dieron ganas de partirle la cara antes de saludarlo, de romperle el brazo cuando vi cómo abrazaba a mi prima por la cintura y sentí mucha desesperación cuando él hablaba. Quería callarle la boca de un trancazo cuando lo escuché platicar con mi mamá y con mi abuela; él, dizque muy educado, se la pasa tratando de caerles bien.
 
No se me hace interesante oírlo hablar de física ni de matemáticas, como si fuera un experto; tampoco le creo lo que dice de las finanzas del país, usando palabras rimbombantes, con un tonito de sabelotodo. Antes, me lo quería madrear cuando en la mesa hablaba para impresionar a mis tíos. Por todo eso, y especialmente por la manera en que se acerca a Pamela, las comidas familiares se habían vuelto un suplicio.
 
La verdad, me fastidiaba verlos enamorados. Mi prima está como en una burbuja sin tiempo. Me saluda, pero ya no me hace tanto caso como antes; me oye pero no me escucha, como que me ve sin verme. O sea, ya no me pela mucho. Yo estaba muy molesto, pero sucedió algo interesante, y desde ese día, mis celos se convirtieron en algo distinto que no sé bien qué es.
 
La otra noche, cuando salí de casa de mi abuela, vi que Pamela y su novio estaban besándose en el coche. Sentí cómo se me hacían nudos en las tripas. Me acordé de los binoculares que tiene mi papá en su cajón. Fui de inmediato a buscarlos; entonces, que me subo a la terraza y que empiezo a enfocar, cada vez más cerca y más claro, hasta toparme con ellos.
 
Vi a Pamela con la blusa verde que tanto me gusta, totalmente desabotonada y con los senos al aire. Pude ver los dedos de Rafael recorrer la piel de mi prima, metiéndole las manos por encima y también por debajo del pantalón, y con los labios pegados a los de ella.
 
Tuve que reconocer que yo no hubiera sabido nunca cómo tocar a una mujer como lo estaba haciendo el novio de Pamela. Reconocí también que ella se veía contenta; toda pudorosita, se abrochaba la blusa y se la desabrochaba, cada que pasaba un coche cerca. Neta, tengo que aceptar que conocer cómo hacen esas cosas me estaba gustando. 
 
También pensé que no estaba bien andar de mirón, pero esa tarde, decidí enfocarme en ella. Se reía. Cerraba los ojos, volvía a reír. Mi corazón latía a doscientos por hora y me vuelve a latir rápido, cada que recuerdo la carita de Pamela, disfrutando las caricias de Rafael.
 
Por supuesto, esto no se lo he contado a nadie, pero lo importante es que los celos cambiaron por algo que yo no sé cómo nombrar. Simplemente, ahora ya no me siento enojado, ni odio a Rafael, ni me molesta hablar con Pamela. Al contrario, otra vez disfruto ver cómo se peina, cómo camina hablando por su celular; puedo escucharla reír cuando juega con mi primita y también me gusta verla dentro del coche de su novio, abrirse la blusa y dejarse besar. Todavía deseo conocer a la mujer de mi vida, pero sé que me falta mucho por aprender.
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