Aventuras de media semana

Las fantasías se cumplen en los horarios menos esperados, incluso cuando la mayoría de la gente está en su trabajo
Yudi Kravzov
05/04/2014 - 03:00
Cada que me habla tiene el plan perfecto. Me da las coordenadas y la logística del plan para que yo corra, deje mi vida y la pasemos juntos.  Su estrategia no falla; me llama a las dos de la tarde, me empieza a chorear, dice que quiere verme, que a qué hora salgo de la chamba, que tiene hambre de mí. Me dice que ya está en el hotel, en el mismo de siempre, el que está cerca de mi oficina, y me convence de que lo único urgente son sus ganas de mí.
 
Trato de cotizarme; le digo que tengo trabajo y le hablo de mis compromisos. Él dice que ya compró la bebida, que trae dos churros, que está prendido y que su mujer lo cree en Zacatecas, asesorando a un cliente.
 
Las ganas me ganan; cancelo las dos citas de la tarde. Me apuro a contestar mis correos. Paso a mi casa por algo de ropa, le aviso a mis hijos que me salió una chamba en Toluca, me dicen que no me preocupe, que se quedan con su abuela. Me quedo menos inquieta y paso a comprar condones. 
 
Lo alcanzo dos horas más tarde, esquivando llamadas y mensajes en los que insiste que me apure: “Ya estoy aquí”. “Ando prendido”. “Por favor, no tardes”. “Estoy en el 302”.
 
Entrando al cuarto nos desvestimos. Yo también lo necesito. Extraño su calor. Platicamos. Nos ponemos al día. Me agarra por atrás, me soba todo el cuerpo, me chupa, nos ponemos de perrito, nos volteamos, se sube, me subo y se la chupo ahora yo. Levanto las piernas, me pongo las almohadas en la cadera y se hinca frente a mí para hacerme feliz. Nos vamos frente al espejo, se pone atrás de mí y nos vemos reflejados; veo cómo me rodea la cintura y me acaricia las tetas. Luego se sienta en una silla, me acomodo encima de él, abro bien las piernas y lo monto despacio, después rápido. No sé qué se metió antes de que yo llegara, pero Alejandro simplemente no termina de venirse. De pronto me doy cuenta que ya está amaneciendo.
 
Cuando está dormido, le veo esa parte tierna y traviesa. Entiendo que a su mujer le moleste que tome, que fume y que le guste tanto el desborde. A Alejandro le aburren la tele, los chismes y las mujeres que se quejan. Yo nada más lo escucho; no lo cuestiono, ni le cuento mis broncas en casa, así nos dura más el encanto. ¿Para qué decirle que no me alcanza la quincena? ¿Qué caso tendría contarle que a cada rato me mandan llamar de la escuela de mis hijos o que mi ex cada día me complica más la existencia?
 
A las ocho, lo despierto a besos. Nos bañamos juntos. Le tallo la espalda y entre risas, él me enjabona las nalgas. Nos vamos a desayunar chilaquiles verdes con mariscos, y nos echamos cuatro micheladas y un vuelve a la vida entre los dos. 
 
Agotados, sin dormir, estábamos con el bajón de la cruda, y yo con una cita a las diez de la mañana. Él, sin querer irse a su casa; yo, sin querer dejarlo ir. Nos despedimos y me llama a los diez minutos.
 
—¿Cancelamos todo de nuevo? 
 
—Es jueves, no mames… Bueno, cancelamos—, le digo y nos vamos al hotel de la Del Valle. Nos tomamos dos botellas de vino entre los dos. Pedimos dos entraditas y café.
 
Salimos un rato del cuarto. Vamos al súper por agua mineral y más condones; luego, otra vez al hotel. 
 
No sé que sucede que el tiempo se detiene. Cuando me doy cuenta, ya son las cuatro. Me quiero ir y él se quiere quedar. ¡No te vayas! ¿Cómo que no? 
 
Llegué a mi casa. Me bañé y ahora estoy trabajando horas extras. Me hubiera gustado tomarme el viernes o por lo menos, salir temprano. Estas escapadas son elixir puro de juventud; los desvelos, el desmadre, pasármela cogiendo, comiendo y bebiendo, me devuelven la ganas. Y es que en la vida trabajas, comes, trabajas, medio duermes, te metes al tráfico, oyes malas noticias, sigues trabajando, pagas, no te alcanza, trabajas más, duermes a medias. Alejandro de mi amor, benditas vacaciones de la vida que me tomo contigo porque me llenas de energía.
 
Vuelvo a mi rutina con ganas de un buen masajito, de cerrar los ojos, de irme en sueños a ese cuarto de hotel, de recordar esas noches con Alejandro y de contarle a alguien lo rico que me la paso con él.
 
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