Más allá de la casualidad

La obsesión por una persona queda al descubierto en medio de una fuerte depresión
Yudi Kravzov
04/10/2014 - 04:00
Letty
 
Suena y suena el teléfono y oigo que no lo contesta. Hace días que no sale de su casa. Empiezo a pensar que mi vecina podría pasarse encerrada toda la vida y que no le importa lo que sucede en el mundo. 
 
He tocado a su puerta varias veces y a distintas horas pero nadie contesta. Sé que esta ahí por los cambios de música que se oyen, y porque escucho sus pasos en mi techo, cuando camina de un cuarto a otro, cuando entra a la cocina o cuando se baña. Además, como a las dos de la mañana, salen ruidos de su cama, como si le estuvieran haciendo el amor tres hombres al mismo tiempo y ella no acabara de saciarse.
 
Desde que a mi vecina la corrieron de la chamba, la he visto fundirse en una rara depresión y cada día sale menos de su casa. Ya no coincidimos ni en el elevador ni en el portón, y eso que yo me paso horas en la planta baja porque desde que se fue el conserje, yo soy la encargada de distribuir la correspondencia de los inquilinos y de mantener limpia la entrada del edificio.
 
Vivo desde hace más de 25 años en mi departamento. He visto entrar y salir a muchos inquilinos, pero ella de verdad es especial. Como vivo sola, me preocupo por nuestra seguridad; por eso, cuando vi que mi vecina llegó pasada de copas y casi se cae en las escaleras, salí a ayudarla. Así fue como me enteré de que ya no labora en la empresa de jabones donde trabajó por años.
 
Al principio, cuando recién llegó al edificio, me regalaba productos de muestra y nos quedábamos platicando en el pasillo. Yo la invitaba a tomar café o me metía con ella a su casa para ver cómo se arreglaba. Ella creía que nos topábamos sin querer, pero yo esperaba a que llegara porque me gustaba su compañía y platicar con ella.
 
Los últimos meses, empezó a desmejorar. Llegaba tarde o de madrugada, se cambiaba de ropa en el coche, se empezó a ver distinta y, cosa rara en ella, hasta me pidió dos mil pesos prestados. Si antes estaba flaca, ahora está en los huesos. Me evita y en su coche ha metido tantas cosas que ya parece bodega. Cuando la oí gemir por primera vez a las dos de la mañana, salí asustada de mi cuarto. Otro vecino y yo tocamos a su puerta, pero no paró de hacer ruido hasta un buen rato después.
 
Si yo tuviera el teléfono de algún pariente suyo, lo llamaría para decirle que la vengan a ver, que le echen un ojito, porque mi vecina está sufriendo. No sé si es de amor o de angustia, pero sé que no está bien. 
 
La última vez que la vi me di cuenta de que no se había bañado en varios días. Andaba en pijama; tenía el pelo sucio, el rímel corrido y las pestañas postizas mal pegadas. Quise hacerle conversación, pero en cuanto me vio, se volvió a meter a su casa, como si ya no fuéramos amigas.
 
Una noche como a las diez, después de una tormenta que nos dejó sin luz, vi que su novio llegó y, desesperado, pateaba su entrada. Ella no abrió y él amenazó con derribar la puerta, con llamar a la policía si no le abría, pero ella ni siquiera se asomó.
 
El vecino del abajo, que es bastante fortachón, le pidió al novio que se retirara por la buena. Todos nos quedamos mudos y coincidimos en que es muy difícil ver tan de cerca cómo una persona va desmejorando y no poder ayudarla.
 
Y pensar que me daba envidia cuando la veía salir arreglada para sus eventos, o cuando la veía pasar, subir o bajar, toda perfumada, en tacones y vestida de fiesta. Yo quería ser como ella y pasarme las horas en el coche de un novio. Me gustaba verla desde mi ventana, en pleno faje, comiéndose a besos de lengua con su galán en el portón del edificio vecino. 
 
Me encantaba asomarme en las mañanas para verla salir con un portafolios negro, como mujer de negocios. Sin embargo, cuando me la encontré llorando en la escalera y me dijo que la habían corrido, que había cortado con su novio y que se quería morir, supe que es mejor ser yo: Letty, la vecina calladita, limpia y hogareña que no tiene novio, que no está tan guapa y que desde que su vecina enloqueció, todos los días, a las dos de la mañana, se toca ahí abajito sin hacer tanto ruido como su vecina.
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