Ella era la guapa, la sensual

La envidia puede convertir a dos hermanas en enemigas
Yudi Kravzov
03/08/2015 - 05:00

Mi hermana  fue una modelo espectacular; ahora tiene 45 años. Siempre estuvo preocupada por su peso, su cabello, por los perfumes de moda y vive obsesionada por la ropa. Era popular entre las populares, y fue novia de todos los guapos. Con todo, terminó en una relación competitiva con un hombre que la dejó en bancarrota, que mezclaba el alcohol con la cocaína, y que usaba el dinero para guardar las apariencias. 

La diferencia de edad y sus locuras marcaron la enorme diferencia entre nosotras: Thelma era la guapa, la de lindos vestidos, la del coche último modelo, la de los viajes, y la de todo lo que yo y cualquiera hubiéramos deseado. En cambio, yo nunca pude aspirar a nada de eso, y mucho menos a tenerlo. 

Aunque la quería, sentía también una profunda envidia, que se fue haciendo más intensa con los años. 

Durante un tiempo me dio por desear todo lo que Thelma tenía: me enamoraba de sus novios, e incluso trataba de seducirlos. Así me la pasé hasta que conocí a Álvaro, mi marido, y dejé de envidiarla.

Construí con él mi historia de amor y ya no busqué otras miradas; me concentré en mi carrera, en mi vida y en mi familia. 

Thelma en cambio descubrió el poder del sexo y de su propia belleza. Para mí, ella era la sensualidad hecha mujer. Un día conoció a un fotógrafo; en otra ocasión, a un productor. Se entregaba a los hombres en las fiestas y su vida se volvió un portafolio de aventuras en las que la droga y el alcohol jugaban un papel primordial. Ella y yo nos separamos porque no la quería cerca de Álvaro, lo reconozco. 

En mi vida y en mi familia, no hay lugar para su forma de vida, ni para sus fiestas. Tampoco hay espacio para ese usar y dejar a la gente, ni para esa mujer ambiciosa que lo quiere todo y que está decidida a que el mundo le dé lo que merece, porque ella exhala un aire sensual que enloquece a los hombres y hace que las mujeres quieran ser como ella. 

Hace unas semanas se acercó a nosotros y trató de seducir a mi marido; él me lo dijo. 

Thelma sabe fingir; en realidad, lo que quiere es un hogar, una familia. Está utilizándome; se está haciendo la víctima y alega que lo ha perdido todo, que no tiene a nadie. Lo que busca es meterse de lleno en mi familia, y que carguemos con ella ahora que su belleza y su fortuna se fueron. Y yo que no estoy tan bonita, ni soy tan sensual,  me muero de miedo porque ha vuelto a mi vida. 

La quiero como hermana, aunque su amistad no me fue valiosa en todos estos años; no le tengo confianza y  sé de antemano que no la voy a poder ayudar. Eso de que viva ahora cerca de nosotros me produce un tremendo malestar. Si la alejo mis hijas me van a juzgar; si la dejo en mi casa, mi marido va a caer en sus redes. Es como la tía que encanta y que hechiza. 

Es la mujer que vuelve locos a los hombres con los que se acuesta, la que enseña entre escotes los pezones, la que no trae calzones, la que usa faldas cortísimas, la que se suelta el pelo y coquetea, la que se desnuda a la menor provocación. Toda ella se mueve, se ríe, habla, cuenta 

Historias divertidas; hace comentarios de arte y política; habla de lugares del mundo y por todo eso mis hijas la idolatran. 

Yo puedo ver su profunda necesidad de apropiarse de lo que he construido a lo largo de mi vida. Siento que el destino me está poniendo a prueba. No quiero parecer una mujer egocéntrica, resentida y calculadora, pero sé que ella no tiene escrúpulos para conseguir lo que desea y también sé que si no me cuido, Álvaro va a terminar por hacerle el amor a ella en lugar de a mí.

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