Rostro oculto

La antipatía que caracteriza a un hombre desaparece por completo al momento de encontrarse con su amada
Yudi Kravzov
02/08/2014 - 05:00
Ramiro
Ramiro me gusta, pero no a todo mundo le cae bien. Los que lo conocen poco dicen que es un sangrón, y otros, que se cree Dios. Algunos opinan que vive encapsulado en su mundo, que no le importa nada de lo que sucede a su alrededor y que por eso no le presta atención a las personas. Siempre anda sumergido en su mundo y tiene poco movimiento facial.
 
 La verdad es que socialmente es torpe y hasta parece enojado. Sus conversaciones son de tecnología, ciencia o historia. Se obsesiona con las estadísticas, y en vez de entretenerse con películas o videojuegos, como todos nosotros, se la pasa armando aviones, barcos, trenes, camiones y hasta rompecabezas. 
 
No es conversador ni atento como el novio de mi hermana que le trae flores y chocolates a mi mamá y detalles a la familia, que con todos hace plática y tiene algo en común, que quiere ganarse el título de hijo y que se pasa buscando la manera de agradar a la familia. Por mucho tiempo, yo envidié eso del novio de mi hermana. Quería que Ramiro fuera atento con mis papás y juguetón con mi sobrinos, pero ya no. 
 
Aprendí que Ramiro es distinto. Incluso a solas, cuando le pregunto algo íntimo, me parece que se vuelve torpe, pierde el ritmo, se queda pensando y hasta le da por tartamudear. Tarda en contestar, como si tuviera que analizarlo muy en serio. Sé que de niño era solitario, que hasta la fecha no le interesa hacer amistades nuevas y que viernes y sábados en la noche, si yo no lo animo, en lugar de salir a enfiestarse o a bailar, se la pasa feliz en la casa, leyendo.
 
Interactúa poco con la gente; no es amable. Prefiere perderse en las calles, antes de preguntar. Come un lunch que se prepara en casa y se sienta acompañado de su libro y su botella de agua en una banca del Parque Hundido. Su filosofía es clara: “Lo peor que te puede pasar es morirte, y como la muerte no tiene remedio, nada puede ser tan grave”.
 
A Ramiro lo visitan solamente su madre, su hermana y una prima. Yo sé que es muy bueno escuchando. Me he dado cuenta de que es aficionado a las linternas y a la obscuridad. Tiene linternas frontales, de luz led, resistentes al agua, de llavero o muy chiquititas. 
 
Le gusta escuchar música rara en su balcón y pasarse las tardes detrás del monitor de una computadora, buscando datos, números, estadísticas. Yo, simplemente no me explico qué tanto busca, ni qué tanto quiere saber.
 
Ramiro no cree en Dios ni en los pecados. Todo lo entiende de forma científicamente racional y así también explica la diferencia entre el castigo y el karma.
 
No es celoso ni preguntón. No me quiere organizar el día; no es de los que me dice con quién puedo salir y con quién no. Siento una completa libertad de ser quien soy y, de varias maneras, me ayuda siempre que me meto en un problema o que necesito un favor.
 
Es incondicional y generoso. Nunca cuestiona mis compras. Me habla de libros que me instruyen y me compra detallitos que yo nunca veo en las tiendas.  Lo que realmente me fascina, es que siempre recibe mis caricias con agrado. Quizás su iniciativa sexual es poca, pero cuando lo veo clavado en algo y me acerco a meter mis manos por su camisa, a desabrochar su pantalón y a desconectarlo de lo suyo, Ramiro siempre cede a mi deseo, y logramos con facilidad meternos a ese lugar donde no existe nadie más que nosotros dos. 
 
Con el mismo interés y la misma calma con la que se conecta a los libros o a la compu, se conecta con mi piel, elevándose conmigo al más allá. Mientras él estudia mi cuerpo, yo me concentro en sus reacciones. No descansamos hasta que ambos terminamos y hasta que el cansancio nos gana. Creo que he aprendido a darle su espacio, a aprovechar nuestros momentos para jugar juntos. Ya no necesito al novio social y amigable que adore a mi mamá y se haga el simpático con mi familia. Prefiero a este hombre serio que en la intimidad es completamente mío.
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