Batalla inesperada

El Hijo de El Santo tuvo que defender su incógnita en una pelea que nunca fue pactada
El Hijo del Santo
19/03/2015 - 23:01
Después de mi triunfo sobre Ray Richard a quien rapé ese domingo 17 de marzo, realicé una conferencia de prensa para anunciar que estaba listo para aceptar el reto por las máscaras lanzado por El Cosmonauta, compromiso que se celebraría el sábado 30 de marzo en la Arena Apatlaco. 
 
Continúe entrenando y luchando en las diferentes arenas de la República mexicana y aún tenía 15 días para prepararme y enfrentar a El Cosmonauta.
 
El sábado 23 de marzo estaba programado en la Astro Pista Texcoco, promoción del doctor Rafael Olivera, pero cuando Carlitos Suárez y yo llegamos a esa población vimos con asombro la publicidad que estaba por todos lados anunciando mi presentación en Texcoco. 
 
No dábamos crédito al leer que la lucha que anunciaban para esa noche era un máscara contra  máscara de  ¡El Hijo del Santo contra El Diluvio!. 
 
 Ya se imaginarán  el tremendo coraje de Carlitos, quien con toda razón me comentó: “¡Quién se cree este doctorcito para decidir que expongas la máscara sin nuestra  autorización! ¡Es un abusivo, un hijo de puta! (El señor Suárez era un hombre muy correcto, pero de ‘mecha corta’) Jamás nos avisó, ni siquiera se tomó la molestia de hacer una llamada para preguntar si podía programarte de esta manera”
 
Yo escuchaba a mi apoderado y sinceramente tenía toda la razón. Pero ya estábamos ahí y Carlitos, muy molesto, me dijo que no permitiría que me presentara y me sugirió que regresáramos a México para darle una lección al doctor Olivera.
Mi profesionalismo no lo permitió y fue entonces que intenté calmar a mi entrañable amigo. Le dije: “Señor Suárez, si no me presento el público pensará que tuve miedo y además los aficionados son los menos culpables, vamos a llegar a la arena y ahí platicamos con calma con el promotor; todo saldrá bien, usted confíe en mí”. 
 
Carlitos,  aún molesto, aceptó mi sugerencia. Al llegar a la arena había muchísima gente afuera y para nuestra sorpresa adentro ya no cabía un alfiler.
Pasé como pude y entre fotos, empujones, porras y autógrafos me dirigí al vestidor, saludé a mis compañeros y ya en silencio me senté. Con las manos en mi cabeza medité y comprendí lo que estaba sucediendo. 
 
Tendría que exponer mi máscara contra un luchador que yo no conocía;  no sabía si era peligroso, marrullero o experimentado. Mi corazón empezó a latir velozmente y me hice una serie de preguntas: ¿Qué pasará si me gana? ¿Y si pierdo la máscara? ¿Y si mejor me voy y le hago caso a Carlitos? ¡Dirán que soy un cobarde!
 Entonces intenté serenarme y de esta manera deshacerme del profundo miedo que sentía en ese momento,  el cual se empezó a trasformarse en coraje al sentirme utilizado y abusado. 
 
“Total, ya estoy aquí”, pensé y comencé a vestirme, mientras Carlitos se daba un agarrón verbal con el doctor Olivera.  Por mi parte yo recordaba las palabras de mi padre, quien  me decía:  “¡Confía en ti, en tu fuerza, en tu destreza y en Dios!” 
 
Yo me repetía sus palabras  una y otra vez. Después de una espera de casi dos horas llegó el momento de la lucha estelar y sucedió lo que siempre pasa:  me invadieron los nervios antes de subir al ring. Al escuchar al público los nervios se convirtieron en confianza, en fe y seguridad en mí mismo. 
 
Subí al cuadrilátero y cuando tuve frente a mí a Diluvio, descubrí en sus movimientos que estaba tan nervioso como yo. “¡Lucharán a dos de tres caídas sin límite de tiempo, sin empate, sin indulto, máscara contra máscara el heredero de la leyenda de plata El Hijo del Santo contra el ídolo local Diluvio!” 
 
Dio inicio una lucha técnica, pues no existía ninguna rivalidad entre nosotros y entonces.... continuará. 
 
Queridos amigos de El Gráfico, así es como no sólo yo sino mucha gente que somos la materia prima de este deporte hemos entregado nuestra vida a este también espectáculo. 
Hoy comparto mi tristeza por el fallecimiento de Irma Osorno, jefa de edecanes que inició como una de ellas hace 23 años en la empresa de los Peña y que el pasado lunes por la noche sufrió un accidente cuando regresaba a la ciudad de México. 
Irma fue la mamá de los tres hijos de un entrañable amigo mío: Alfonso Solórzano,  quien fue  Pistachón Zig-Zag en el famoso programa Odisea Burbuja. Nos leemos la próxima semana para que hablemos sin máscaras.
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