Toda una gladiadora

El Hijo de El Santo recuerda a una gran mujer que vivía con intensidad la lucha libre
El Hijo del Santo
10/04/2015 - 04:30
“La comadre” o “Doña Carmen”, la señora Olga Elías Casis (su nombre real), era una mujer que como muchas otras, sacó adelante a sus tres pequeños hijos después de perder inesperadamente a su esposo. 
 
Una noche cuando veía la televisión y esperaba la llegada de “Peña” como ella le decía a su marido Juan Peña, empezó a preocuparse, pues ya era cerca de la media noche y no llegaba a casa. 
 
Pensó que seguramente se había quedado en el trabajo por algún contratiempo y continúo despierta esperando pero jamás llego. Ese día por la mañana fue la última vez que se vieron. 
 
Doña Carmen intentó localizarlo en su trabajo, con amigos, llamó a Locatel pero nada, sólo le decían que lo habían visto por última vez en su oficina. Así empezó el calvario de esta mujer, buscó en la Cruz Roja, en hospitales, la PGR, hoteles, en penitenciarías y en todos los anfiteatros del Servicio Médico Forense, lugar en donde se vio en la necesidad de ver un sin número de cadáveres.
 
Y así, día  tras día, semana tras semana, mes a mes y año tras año, buscó a su esposo sin ningún resultado, haciendo conjeturas y suposiciones preguntándose noche a noche si lo habían secuestrado, si lo habían asesinado o si los había abandonado. 
 
El dolor más profundo siempre fue vivir en la incertidumbre y el hecho de no haberlo sepultado. No fue sólo eso parte del sufrimiento, también fue víctima de abusos y extorsiones por parte de autoridades y de los malos elementos que pululan en las instituciones policíacas quienes le pedían dinero a cambio de información y la engañaban diciéndole que lo habían encontrado y era mentira.
 
La recuerdo en aquellas tardes de Lucha Libre en el Toreo de Cuatro Caminos, gritando todos los improperios y maldiciones que su voz le permitía a los referís y los rudos, también  la veía sentada, sin falta, en las butacas de las arenas Naucalpan y López Mateos de Tlanepantla, ambas  ubicadas cerca de su domicilio.
 
Cierto día el destino hizo que nos conociéramos  en la casa de la familia Hage Rezc, amigos mutuos, entonces la reconocí y pregunté si ella era aquella señora aficionada que asistía a las luchas. Empezamos a platicar sin que ella supiera quién era yo, pues no llevaba mi máscara puesta y me pareció una mujer muy inteligente, sabia y una guerrera que no hablaba con amargura de la vida; todo lo contrario, decía que la vida era algo tan bello que no podíamos darnos el lujo de desperdiciarla. 
 
Siempre me decía que la lucha libre era lo único que la había ayudado a sobre llevar la depresión y tristeza tan grandes que vivía. Pasaron 25 años hasta el día que murió, el pasado 20 de marzo, tras 5 semanas de agonía, después de haber sufrido un infarto al corazón y después otro al cerebro. 
 
Recuerdo que el ultimo día que la ví en el hospital, con todo y lo mal que se sentía, me dijo que no fuera a exponer mi mascara con los rudos “malditos” que me odiaban, que me cuidara de los referís “vendidos” y cuando le enseñé mi mascara y le dije que si quería que nos tomáramos una foto, el aparato que mide los niveles del corazón se aceleró de la emoción que sintió, porque ella amaba la lucha libre pero El Hijo del Santo era lo máximo para ella porque, ¿que creen? Yo la hice mi comadre y era la madrina de bautizo de mi hijo El Santo Jr. 
 
La lucha libre fue lo único que pudo aliviar su dolor, ni los grupos de autoayuda, ni las terapias psicológicas e incluso, las sesiones de tanatología, habían logrado ayudarla a superar ese dolor  y ¡mucho menos el alcohol! me decía y para mí ella pasó de ser una simple aficionada gritona y mal hablada a mi gran amiga, compañera de viajes y parte de mi familia. 
 
¡Ahora sus hijos Maty, Jazmín y Anuar pasaron a ser mis compadritos! La acompañamos en su última morada y me presenté enmascarado, porque sé que para ella sería un enorme orgullo que SU compadre, El Hijo del Santo, a quien tanto amó y presumió a sus vecinos, familiares y amistades, estuviera  presente hasta en sus últimos momentos y siempre decía: “Si ya lo pensaste, házlo”  y lo hice.
 
Nos leemos la próxima semana para que hablemos sin máscaras.
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