Recordando a un grande

Deportes 08/06/2018 05:18 El Hijo del Santo Actualizada 12:46
 

Cuando tomé, por consejo de mi papá, la importante decisión de integrarme por completo a la empresa de Promociones Mora en mayo de 1983, el señor Francisco Flores me propuso entrenar con Antonio Navarro Camargo,  El Enfermero, excelente y experimentado luchador que destacó en la época de oro de la lucha libre mexicana. El propósito era  recibir sus consejos  para llegar   muy bien preparado a mi debut, en el Toreo de Cuatro Caminos. 

Fue así que tuve el honor de ser alumno de Tony Camargo.  Cuando empezamos los entrenamientos, él sabía que mis rivales serían Lobo Rubio, Black Terry y Blue Panther   en mi primera lucha con la empresa,  el 24 de julio. 

“No te quiero espantar,  pero tus rivales son viejos lobos de mar y tienes que llegar muy bien preparado”, me comentó con voz serena. 

Así fue como iniciamos nuestra  amistad y yo, curioso como siempre he sido, le hacía infinidad de preguntas relacionadas con su carrera deportiva y su relación con mi padre,  El Santo. 

Tony era un hombre bastante sencillo y de amena charla; recuerdo muy bien aquellas pláticas que sostuvimos cuando me invitaba  a tomar un café en la calle de Luis Moya.

Me identifiqué mucho con él porque me platicó que en su niñez le gustaba ir al campo a respirar aire puro  en Tepatitlán, Jalisco, lugar en donde nació el 10 de mayo del año 1923. 

Cursó la primaria en una escuela rural rodeada de montes, árboles y animales del campo. Y en sus vacaciones su padre lo llevaba de pesca y de cacería. Así, su infancia transcurrió  en la campiña mexicana y,  como muchos otros luchadores, abandonó a sus padres para salir adelante y continuar sus estudios superiores.

“Mis padres querían que me convirtiera en un gran doctor para que pudiera curar en mi pueblo a todos los paisanos que vivían a la buena de Dios. Estudiaba un curso  de enfermería  en la universidad y al entrar al gimnasio de ésta vi a cinco muchachos practicando lucha olímpica”, narró. 

“Los observé y me invitaron a entrenar con ellos. Yo no tenía idea de lo que se trataba, pero acepté con gusto y me cautivó este deporte”, siguió con sus recuerdos.

“Estaba yo en Monterrey y un día recibí un telegrama de don Jesús Garza Hernández para viajar a la Ciudad de México y debutar como El Enfermero del Médico Asesino,  pero era tan largo el nombre que sólo quedó en El Enfermero”, agregó. 

“De esta manera abandoné mis estudios, mis libros quedaron empolvados en un  estante viejo. Me empecé a ganar la vida en los rings, cobrando fama, gloria y dinero. Recorrí toda la República Mexicana y me hice muy buen amigo de El Médico Asesino, quien me aconsejó probar suerte en  Estados Unidos”, prosiguió.

Hay  más anécdotas que contar sobre este extraordinario luchador, pero será en otra ocasión. Antes debo decirles que inventó muchas llaves,  pero indiscutiblemente La Cruceta fue su  creación más poderosa. La ideó en  Estados Unidos con la ayuda de Buddy Rogers,  a quien Tony Camargo consideró su maestro. 

Nos leemos la próxima semana, para que hablemos sin máscaras.

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