La amenazan por internet antes de perderse

La mamá de Syama Paz Lemus sospecha de un tal Alejandro, al que la niña conoció mientras jugaba Xbox en línea, pero también de otro sujeto llamado Ian, quien había sido agresivo con ella
Lydiette Carrión
17/02/2015 - 03:00

El lunes 27 de octubre de 2014, Syama Paz Lemus, de entonces 16 años, llamó a su mamá alrededor de las dos de la tarde. Dijo que quería preparar un pastel al día siguiente, un imposible: ese postre combinado de flan napolitano con pastel de chocolate, y que a ella le salía muy bien. Quería saber si Neida descansaría en martes, para que le ayudara. Neida dijo que sí. Que mañana pasaría todo el día en casa y cocinarían juntas ese pastel. A las 4:00 de la tarde, Neida le marcó a Syama. Le comentó que estaba en Tizayuca, que ya iba de regreso a la casa, en Ecatepec, y preguntó si necesitaba algo. Syama dijo que no.

“Te quiero mucho mamá”, agregó Syama.

A la luz de lo que pasó después, Neida cree que la persona que se llevó a su pequeña ya estaba ahí y su hija Syama se estaba despidiendo.

A las 5:30 de la tarde, la mamá volvió a llamar y el celular mandó a buzón.

Desde que Syama no respondió el teléfono, las alertas en la familia se encendieron. Todos se dirigieron a la casa. Neida, su esposo y la hija menor llegaron primero, alrededor de las 8 de la noche. Inmediatamente después el abuelo paterno.

La casa estaba a oscuras. El abuelo entró primero. “No está Syama”, dijo. Neida entró a la habitación de ella. El cuarto estaba desordenado; parecía que se llevaron cosas de forma aleatoria. El Xbox, en el que Syama jugaba casi todos los días, no estaba. Tampoco la mascota de la familia, una perrita mestiza color café, pequeña, del tamaño de un maltés.

Neida se percató que la computadora de la casa se encontraba prendida. Intentó meterse al Facebook de Syama. Éste había sido cancelado, igual que el correo de Hotmail. Neida comenzó a llamar a los amigos y familiares de Syama. Nadie sabía de ella. Muchos fueron a la casa esa misma noche.

Desde el inicio, Neida sospechó de un joven que la muchacha conoció mientras jugaba Xbox en línea. Dijo llamarse Alejandro, le escribía mensajes en Facebook: “Syama, te amo, quiero estar contigo por siempre. Eres muy importante. Estamos orgullosas de ti” (sic) . A Alejandro, amigos de Syama lo vieron sólo en dos ocasiones.

Pero las amigas de Syama apuntaron hacia otro lado: comentaron que otro muchacho había sido agresivo y amenazante en internet. Neida recordó el incidente: Syama había entrado en contacto con un individuo que dijo llamarse Ian. Este también jugaba en línea. En alguna ocasión éste se había hecho pasar por Syama en Facebook.

—¿Y qué hay que hacer hija?, preguntó la madre cuando su hija le platicó el incidente.

—Nada mamá, ya lo reporté a Facebook. Ya me mandaron notificación de que su cuenta había sido inhabilitada.

En aquella ocasión, Neida la cuestionó sobre su seguridad en redes sociales.

—No te preocupes mamá. A internet no subo ni mi dirección ni teléfono ni nada.

Sin embargo, a inicios de noviembre, mientras buscaba en la computadora familiar alguna pista sobre el paradero de su hija, Neida se percató de una carpeta con el nombre “IAN”. Esta se encontraba muy escondida, casi camuflajeada. Primero halló una carpeta que se titulaba “Tarea”. Adentro de ésta había otra con el nombre “Amigos”. Y adentro, otra más, y otra más, cuyos nombres Neida no recuerda. Al final se encontraba “IAN”. Adentro de ésta había varias capturas de pantalla, de chats o conversaciones privadas que la muchacha había tenido por Xbox. Y en varias era amenazada: “¿Quiéres detener esto?, vuelve conmigo en todos los aspectos. Bien hecho Syama, sigues siendo mi marioneta. Tal y como lo planeé.” Otra amenaza más: “Vente conmigo o te vas a arrepentir”.

Los vecinos dijeron que un hombre delgado, joven, de estatura aproximadamente similar a la de su hija (1.68 centímetros), fue visto en la puerta de la casa; llevaba una sudadera con gorra, por lo que nadie vio su rostro.

Ni Alejandro ni Ian han sido identificados o localizados. Syama continúa desaparecida.

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