Sus montañas calientes

17/08/2018 - 05:18

Liliana Rodríguez

Parecía que las nubes bien cargadas de tormenta tocarían la superficie de la gran alberca que es la diversión de los nietos cuando van de fin de semana, y, sin embargo, Leticia salió desnuda para echarse un clavado.

Adentro, apenas llegaron, ella y su anfitrión estrenaron las sábanas, pues los dos estaban a punto desde el coche. Una mano frotando por aquí, un dedo hurgando por allá; mientras Pablo conducía y Leo Dan cantaba por el reproductor, Leticia se las arreglaba para provocarlo.

Nomás medio aparcaron, bajaron del auto y la menuda treintañera comenzó a bajarle el cierre del pantalón antes de entrar en esa casa situada hermosamente en la montaña.

Intentaba contenerla, pero el roce codicioso ejercido por la mano en capuchón tenía poseso al hombre de sesenta. Pudoroso volteaba de un lado a otro mientras Leticia lanzaba risotadas y le mordía las orejas.

Pisaron suelo interior y, ahora sí, el viudo dejó que ella le magreara el falo a su antojo, la tomó del trasero y se la arrimó para chocar el pubis suave contra su dureza.

Él le amasaba los glúteos y Leticia, con la mini alzada, se refregaba en la trusa que se asomaba desde la bragueta abierta, como las bocas que contendían una encima de la otra.

Las lenguas eran como flamas y Pablo ya le había quitado la tanguita, que quedó tirada en la entrada, para que sus gruesos dedos comenzaran a inquietar la hendidura rosada.

La respuesta humedeció sus yemas y, con ellas, humectó su miembro que liberó con la otra mano. Estacionados entre la sala y el comedor, Leticia miró la acción de su jarioso amante y, de rodillas, se rindió a la portentosa rigidez. Desde ahí, Pablo le zafó la playera y se encorvó para alcanzarle los senos y amasó, mientras ella se regocijaba allá abajo. El hombre se frotaba la calva como reacción a tanto placer.

Jadeante y conteniendo la venida, la alzó de los codos, y sin parar de besarla y masajearla por todas partes, se dirigieron hacia la recámara.

Desnuda, se hincó sobre la cama con las piernas en compás y desató la coleta de su larga cabellera color miel. Se chupó el dedo medio y lo pasó por su clítoris para luego hundirlo pretenciosa sin dejar de mirar, lasciva, al sexagenario. Voraz, Pablo se abalanzó al lozano cuerpo de líneas menudas y bebió los jugos de su incitación. Ella se revolcaba en las sábanas gracias a la lengua experta y pellizcaba sus  pezones.

Él detuvo el jugueteo, volvió a recolectar el agua de lujuria para barnizar su pene y se incrustó en las entrañas suaves que palpitaban desde que iban por la México-Querétaro.

Leticia gemía gozosa; el varón de correosa pero corpulenta figura le alzó las piernas de un jalón y se las puso en los hombros para dar de empellones, con los que resollaba extasiado ante tanta tersura y juventud.

El hombre salió de ella y acercó su volcán en plena erupción a los pechos treintañeros. Ella se untó el tibio deslechamiento “porque dicen que es bien bueno para la piel” y lo dejó tendido.

Con el cielo a punto de estallar, se aventó a la alberca, y  empezó a tararear la canción de Leo Dan…

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