Jugosa como durazno

"Sin aviso, la apoyó en la barra y la penetró por detrás desenfrenadamente”
31/08/2018 - 05:18

Liliana Rodríguez 

El horno estaba a punto de recibir una más de sus delicias. Mientras tanto, sus manos amasaban la mezcla de harina, azúcar moreno y mantequilla, poniendo uno a uno los huevos y la pizca de sal.

Sus dedos se embarraban de la pasta viscosa que, poco a poco, iba tornándose más suave y sin aferrarse a sus dedos. Entonces, recordó cuando untaba óleos relajantes en la dermis de Helena.

De tanto frotar, la piel femenina absorbía los aceites, y de pegajosa pasaba a ser tersa y fragante. Como ahora la masa al ponerle el agua de jazmín. Ahora, centraba su atención en los duraznos partidos en mitades.

En varias de ellas, extraía el hueso con cierta presión, pero con delicadeza para no estropear su forma. Y arribó a la memoria cuando hundía los dedos en la hendidura jugosa de su ex mujer.

Cuando rodeaba el contorno y sentía su rugosidad; cuando seguía esas crestas que detonaron el gozo de la que había visto hace un par de horas y a quien le horneaba pays de durazno después de follar hasta que los dos reventaban.

Así reventó la carne de una mitad al distraerse con el recuerdo, que también le provocó una erección. Bajó la vista a la bragueta y notó el bulto, se chupó los dedos para no manchar el pantalón y se frotó discretamente con toda la intención de enaltecerlo.

Sin embargo, arrepentido trató de apaciguar la hinchazón y enojado se comió el durazno deteriorado; estiró la masa en el molde, organizó hermosamente la fruta y cubrió con más pasta para entrar en la entraña caliente de la estufa.

Y mientras esperaba a que el postre quedara listo, Manuel lavaba los trastos y aspiraba el ambiente evocando el perfume de Helena tras esos masajes de jazmín. Y miró colgado el mandil que olvidó ponerse.

Lo tomó y también se acordó cuando Helena recién levantada de la cama, una tarde con él medio cubrió su desnudez; su sexy apariencia lo había excitado y, sin aviso, la apoyó en la barra y la penetró por detrás desenfrenadamente.

Volvió a frotarse el pene encima de los jeans ahora sin remordimiento, bajó el cierre y se sacó el trozo. Regresó la nostalgia, cerró los ojos y comenzó a chaquetearse mientras se apoyaba en la misma barra donde poseyó a su ex esposa.

Agarró el mandil y allí derramó el semen que no duró más que unas cuantas jaladas antes de ser expulsado. Su excitación había comenzado desde que sobaba la masa, pero había reprimido el deseo por la tristeza. 

Qué patético le habría resultado entonces eyacular y llorar al mismo tiempo; sin embargo, no pudo evitarlo. Mientras jadeaba por el orgasmo, sollozaba por el recuerdo. Con los ojos acuosos, miró la mesa del comedor y lo papeles que estaban sobre ella.

No había vuelta de hoja; esa tarde, el divorcio era un hecho…. Más patético le pareció sellar el final horneando el pay favorito de la que hasta hace un par de horas era su mujer.

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