Nos cachondeamos en el Metro

“Las sacudidas y uno que otro enfrenón del Metro nos estamparon en la entrada contraria para yo quedar prisionera de su cuerpo”
Anahita
30/03/2016 - 05:00

Eran más o menos las 11:30 de la noche y sólo unos pocos incautos en el vagón final del convoy del Metro directo a Taxqueña.

 Las fallas en las lámparas iban y venían intermitentes en la caja en movimiento, mientras yo llegaba a San Cosme, donde me iba a encontrar con mi encantador acompañante de esa madrugada. En la estación, al abrirse las puertas, me acerqué presurosa para hacerme presente y ahí estaba ‘H’ al final del pasillo y frente a mí; entró de inmediato antes de que las dos hojas corredizas le prensaran su trasero redondito, bien trabajado en el gym, y lo atrapé con mis brazos, salvándolo del posible contratiempo. Así emprendimos el camino. 

Las sacudidas y uno que otro enfrenón nos estamparon en la entrada contraria para yo quedar prisionera de su cuerpo. De cerquita, cara a cara, me cuestionaba qué tal me había ido en el día como pretexto para empezar a entendernos con ambos alientos, y entre pregunta y respuesta, se rozaban nuestros labios, conectando las miradas.

Ganosos, apretujábamos las pieles mientras disimulábamos con la plática, en la que no poníamos ninguna atención. Nerviosa y volteando a todos lados, pero con ansias de que me besara no sólo la boca, mi anatomía se hacía cada vez más esbelta por su impetuoso acercamiento, del que ya no me podía escapar. “Esperemos a que lleguemos”, le decía divertida, a la vez que ‘H’ husmeaba por mi cuello, apoyándose en los cristales de las puertas sin inmutarse ante mi súplica risueña. Su terquedad me excitó mucho y comencé a desinhibirme. 

Así, él encima de mí, pasó una mano por debajo de la falda y jugueteó con mis braguitas por detrás; yo, “resignada” a que él no iba a detenerse, bajé discretamente el cierre de sus jeans, introduje mis dedos temblorosos y deleité su erección, restregando con mi palma la tela de su trusa contra su miembro duro y tibio… De ella, la puntita apenas se asomó supurando una gota de su jugo; así fue como tomé la dulce muestra con la yema y la llevé directo a mi lengua, barnicé con saliva mi dedo medio y después lo metí en su boca. ‘H’ dejó de toquetear mis nalgas y se entregó a la lujuria que le provocó mi bocado para levantar por completo mi falda, entrar a mi tanga y hacer lo propio con mi ranura caldosa. Los dos catamos nuestros licores mientras pasábamos no sé cuántas estaciones y la piel de mis glúteos se erizaba al contacto con la fría lámina de las compuertas.

La intranquilidad crecía cada vez que sonaba el tono avisando la siguiente bajada y nos deteníamos en la labor; ‘H’ me cubría con su humanidad de 1.80 de estatura, ocultando el desastre que ya habíamos hecho con las ropas y continuábamos nada más arrancaba el convoy. Esos sube y baja provocados por la sinuosidad del terreno y la fluida velocidad que el horario permitía, motivaban más cadencia en nuestros besos con sincopados manoseos y accidentales choques de su pecho con el mío, a la vez que los centros se friccionaban uno con el otro y su mano lograba el ritmo exacto para, después de las frenéticas caricias, darme un orgasmo intenso y punzante, demandando sus dedos que imitaran a su falo dentro de mi sexo para rematar la delirante explosión. Fue entonces cuando, reposando del letargo y rodeada por sus brazos, notamos un asiento solitario bajo una lámpara sin funcionar y, sonriendo maliciosos, nos miramos, me acomodé el desorden personal y nos dirigimos al lugar en la penumbra. El ingreso de un par de usuarios hasta el otro lado del vagón, no nos frenó en el cometido y, como si en ese espacio no hubiera ocurrido faje alguno, mi hombre se sentó despreocupado, desnudó su miembro rígido y ahora muy candente, y me hinqué para ofrecerle el oral que se había merecido… Nadie lo supo, ni se ofendió, sólo él y yo nos enteramos de lo que pasó recorriendo la línea azul del Metro.

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