Lujuria a domicilio

“Bajé sus jeans y su pene rebotó en mi muslo derecho”
Anahita
26/04/2017 - 05:00

Cuando toca hacer el súper, el vino y los condones no pueden faltar. Esa tarde, quise conservar la frescura de mi cuerpo recién bañadito y decidí no salir de casa, así que hice la compra por internet. Tras unos minutos, sonó mi celular seguido de una voz masculina:

—Buenas tardes, fíjese que del vino que usted pide, no tenemos en existencia, ¿gusta que le enviemos (la marca), que es muy parecido?

—Ok.

—Y de los condones… (silencio incómodo)  Tampoco hay.

—¿Tiene otra opción?

Reconocí al chico que muchas veces me había atendido y me sentí cómoda para pedirle un favor:

—¿Tú, tienes alguna marca favorita? Anda, recomiéndame una, que yo estoy un poquito perdida en eso.

Su risa nerviosa antecedió al listado de condones y sus características para salir del atolladero y le dije que el texturizado ultra sensible estaba bien. Colgamos y recordé la última vez que hice la compra, que él mismo me trajo.

El trato fue como el de dos viejos amigos, que arrancó con que ese día iba a llover y que, de buena gana, le gustaría irse a su casa a tomarse una buena taza de café, “pero aún tengo entregas pendientes”.

Llegada la hora, abrí la puerta y un aroma a pachuli fue su carta de presentación. Bendito sea el calor de primavera que me dejó ver sus brazos descubiertos y rígidos con ese entramado venoso que los hacía más antojables cargando el bolserío.

—Hoy no va a llover—, dijo inquieto, aunque sagaz para advertirme que él tampoco había olvidado el encuentro anterior, del que ya había surgido un gustito entre ambos. 

—¿Quieres revisar tu mercancía?—, me pidió con manos temblorosas al ver que sólo una batita cubría mi desnudez. 

—¿Tienes más pedidos pendientes?

Entró a la casa, dejó las bolsas en la barra y le di una servilleta para que secara el sudor de su  sien que veloz escurría por su cuello y los hombros, mojando los tirantes de su camiseta.

Enjugó el líquido con el papel y yo saqué el vino, lo miré de reojo y seguí con los condones… y se los di.

Caminé hacia la sala con la botella descorchada, serví en un vaso, me eché un buen trago y le ofrecí el resto... que apuró para abalanzarse ardoroso sin perder más tiempo al quitarse la playera sugestivamente empapada.

Los condones a medio abrir volaron en el espacio; sobre el sofá comenzó a besarme las piernas que fue descubriendo del faldón hasta llegar a mi vientre. En su andar fogoso, me zafó la bata y empezó a refregarse en mi pubis mientras me comía la boca.

La mezclilla me excitó sobremanera, y en respuesta le rasgué la espalda y lo puse más caliente. Ya no había nada de qué hablar, ni del clima ni de marcas de vino. Sólo mi risa y sus gemidos retumbaban en el salón.

Y ya preparada con mi humedad escurriendo en mi entrepierna, él chupaba mis pezones y yo desabroché su pantalón para sacar ansiosa ese trozo que se había puesto a tope desde que le di la servilleta.

Bajé los jeans haciendo palanca con mis manos en sus nalgas y su pene rebotó en mi muslo derecho. 

—¿Probamos los condones?—, le dije y rio jadeante, mientras buscaba en el suelo. Abrió a prisa el empaque con los vaqueros arriscados en los tobillos y atavió de látex su miembro tan tenso y venudo como sus brazos.

Lo senté en el sillón, me clavé en su falo y lanzó un resuello cuando entró en mi vagina; el buqué de licor en su aliento y el pachuli me envolvieron en un sinsentido, que solté un alarido en seco e inicié el vaivén impetuoso.

“Texturizados”… “ultra sensibles”… Parecía la descripción de nuestros cuerpos que invadidos de lascivia se estaban conociendo más allá del “gracias por su compra” plasmado en el ticket.

Un timbre ajeno sonó al nivel de sus pies. Frenético, se afianzó de mi trasero y energizó el sube y baja de mi carne apretando, soltando y deslizándose en la suya; volvió a besarme mordiendo y lamiendo mis labios y así apresuramos la venida con esa cachondez del exquisito rapidín.

Me zafé de su miembro antes de que reventara en orgasmo y bajé, saqué el aparato del bolsillo apretujado y se lo di, y mientras contestaba, me vio sorprendido ante mi boca cubriendo su pene, comprobando la buena calidad del condón, que quité habilidosa.

Y en pleno deslechamiento vertido en mis senos, respondió a la llamada conteniendo el éxtasis de mi oral jarioso. “Ya no tardo”, emitió, expirando así de esa deliciosa muerte chiquita fraguada, gracias a su excelente servicio a domicilio.

 

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