Lo enredé con mis medias

“Posé mi pierna sobre la suya y restregué con la rodilla ese bulto frondoso”
Anahita
23/11/2016 - 05:00

Tras untar aceite de rosas, no hay nada como deslizar por las piernas unas medias de red. Sujetar cada borde rematado con encaje en los broches del liguero es como enganchar la corbata de un caballero para plantarle un beso incitador. La efectividad del fetiche estaría garantizada.

Lencería linda, blazer, short y un par de tacones azul eléctrico enmarcaban los hilos negros que serían la delicia en mi cita, que ya me esperaba en un bar. Así llegué partiendo plaza y los hombres no dejaban de mirar mis muslos forrados por el entramado seductor.

Y ahí estaba Gilberto dando el último trago del vaso y mordisqueando un pequeño hielo que se le coló en el sorbo, mientras su cara  lo decía todo al verme: sería una gran noche. Se levantó y, luego de un beso en la mejilla, abrió galante la silla para que yo me sentara a la vez que cruzaba mis piernas.

Con una mueca maliciosa parecida a una sonrisa, me preguntó que qué deseaba tomar; “a ti”, le respondí metiendo los dedos en su vaso para atrapar un hielo y llevármelo a la boca. Riendo, pidió gin tonic al mesero.

Entre insinuaciones y flirteos, poco a poco se acercaba para hablarme al oído y seguir con el dedo la trayectoria de la red. A cada rato rozaba sus labios en mi cuello; “me gusta tu estilo”, me dijo sin dejar de juguetear con las hebras. Sentí que el short ya me estorbaba.

En el taxi, no faltaron los besos ardientes. Sólo bastó zafar del ojal un botón de mi saco para tener disponible mi brasier, sacar una teta y así empezar el erotismo con chupadas en mi pezón tan erecto como su miembro, el cual gritaba para salir de la bragueta.

Posé mi pierna sobre la suya y restregué con la rodilla ese bulto frondoso, mientras él apretaba mis glúteos y sobaba el tejido sinuoso de los rombos en mis muslos hasta que llegamos a su departamento.

De frente a Gilberto sentado en su sillón favorito, comencé a quitarme las prendas con las piernas en compás y bien firmes sobre los zapatos azul brillante. El blazer, el diminuto pantaloncillo… “Detente”, me ordenó para no abrir los broches del liguero.

Me extendió los brazos, me aproximé y mi abdomen confrontó su rostro. Su lengua se hundió en mi ombligo y volvió a rasgar con suavidad la red de sus delirios, mientras yo despeinaba sus cabellos. Me deshice del sostén y cuando mi hombre bajó a mi pubis tapizado de encaje, amasé mis senos desenfrenadamente.

Mis jadeos fueron la petición compulsiva de que él me quitara las bragas. Las bajó lentamente y su boca habitó todo mi centro no sin antes contemplar el liguero y las medias en perfecta posición… Me dio un intenso orgasmo a la vez que un tango se escuchaba en nuestro entorno. Mis extremidades desfallecieron y me tomó en sus brazos para irnos a la cama.

Ahí, despojado de su ropa, me penetró sintiendo en mi carne su incandescencia. Su vientre rozaba con la cinturilla del liguero matador y mis piernas aprisionaban su espalda restregando las redes en su piel erizada, mientras caían mis zapatos a un lado de la cama.

Salió de mi vagina y fue desactivando los ganchos, deslizó las medias y con ellas me amarró las muñecas a la cabecera; colocó su falo en mi cara y lo introdujo en mi boca. Aferrado a los herrajes, comenzó a subir y bajar para que le hiciera un oral a su más ferviente antojo.

Qué ganas de apretar y masajear ese rico trasero, pero estaba sujeta a sus deseos con ese objeto que veneró durante toda esa noche y sólo quedaba degustar su trozo al mismo tiempo que lo admiraba gozar desde abajo. Sus ojos endemoniados observaban el sometimiento. 

Luego de haberlo devorado, me desató y me volteó boca abajo, me maniató por la espalda, frenético tomó mis caderas y levantó mi culo, me abrió las piernas y hambriento lamió esa obscena cavidad de la que todos quieren ser los amos. Untó su miembro con mi propio jugo y lo metió despacito, mientras mis dientes se aferraban a las sábanas.

La delicada cadencia de su cuerpo dentro del mío me dio el disfrute con gemidos feroces. Él jadeaba orgulloso por mi respuesta gozosa a su elegante sadismo, y luego de un buen rato de cachondas embestidas, su pene hinchado liberó el derrame, me quitó las ataduras para cubrirme con su humanidad y besó mi hombro derecho, a la vez que su leche se embarraba en mis nalgas. Llegué a mi casa desnuda del par de medias que ahora él guarda en un cajón para cuando volvamos a vernos…

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