Me di placer en la ventana

“Coloqué una silla de frente al tragaluz y, sólo en bragas, me senté y empecé a comunicarme con él con las piernas bien abiertas”
Anahita
23/03/2016 - 05:00

Un nuevo inquilino llegó al edificio de enfrente esa tarde en la que la ciudad hervía de gente y de calor; por eso, entre la curiosidad y el sofoco, permanecí en la ventana por largo tiempo durante el cual lo vi instalarse mientras me comía una naranja. Un aire vaporoso apenas movía mi cabello, que surcaba mi cuello sudoroso, con todo y la playera sin mangas y el short de mezclilla que no eran suficientes para aguantar los casi treinta grados. Mi vecino, corpulento y agotado por las de cajas que acarreó hasta el cuarto piso, tomó un descanso recargado a un costado de su ventanal; prendió un cigarro y notó que alguien lo observaba. Galante y dando una intensa calada, me saludó haciendo una leve inclinación. De inmediato, mi sonrojo se convirtió en una oleada calurosa sin tener nada que ver con aquel clima infernal.

Apoyada en el marco, respondí la reverencia y dibujé con mis labios un “bienvenido” picaresco. “Gracias”, contestó con una mueca semejante a una sonrisa, viril, cautivador. No importaron los tantos metros que nos separaban y parecía que nos hablábamos con la mirada. Frente a frente y una calle de por medio, nos quedamos un rato contemplándonos. Yo pelaba mi naranja y él fumaba su cigarro. Sin embargo, tuvimos ganas de conversar y me enseñó en un papel su número de celular. Me sobraron razones para llamarle. 

–¿Qué tal tu estancia?, pregunté.

–La vista es buena, respondió. Y así nos conocimos sin más motivo que el de iniciar un juego seductor.

Los días pasaron y entre tareas domésticas, el trabajo y demás ocupaciones, la inquietud crecía por vernos otra vez, y una noche de más calor que otras, preparándome para ir a la cama, accioné el ventilador y abrí la ventana. 

Ahí estaba; su figura proyectada por la luz se plasmaba en las cortinas, que, de pronto, recorrió mostrando sus brazos fuertes extendiendo su torso amplio y desnudo, dejando ver sus jeans entreabiertos y su trusa blanca asomándose en la bragueta; extasiada ante la escena, noté que hizo una deliberada y firme fricción de su bulto contra el filo inferior de la ventana, mientras, hacendoso, seguía alisando las cortinas. 

No esperé más y comencé a quitarme la ropa alejándome del mirador, pero sin dejar de contemplar su obscena actuación. 

Mi atractivo espectador apoyó sus manos en la orilla y continuó sobando su miembro aún vestido en una sutil masturbación que incrementó mi impudicia; así, coloqué una silla de frente a la ventana y, sólo en bragas, me senté y empecé a comunicarme con él con las piernas bien abiertas. Mientras chupaba mis dedos,  los introducía en mi ropa interior y cachonda me acariciaba el pecho y mis muslos tensos y temblorosos, mi vecino se deshizo del pantalón y también metió la mano en su sexo para fortalecer su muy evidente erección a pesar de la distancia. El calor arreciaba, el ventilador poco refrescaba y mi sudor funcionaba como erótico humectante que dejaba deslizar mis palmas por mi cuerpo; el suyo parecía que destellaba por el alumbrado urbano que se impactaba en su piel igualmente húmeda y lubricada. Despacio, dio marcha atrás al tiempo que seguía frotando su falo; se acomodó en la cama bien visible ante mis ojos y se quitó la trusa; tomó su pene y con un ritmo acompasado, su mano subía y bajaba a la vez que su vientre se llenaba y vaciaba de aire por los jadeos; fue mi turno y zafé mis braguitas, me levanté de la silla y me dirigí a un cajón, de donde sustraje mi cariñoso dildo rosado; él, expectante, enfocaba la vista ante el enigma y coqueta le mostré el artefacto para empezar mi jugueteo. 

Ambos habíamos desatado esa lujuria que nos puso en un estado hipnótico, despreocupados de que nos cachara cualquiera que también se acercara a su ventana. 

Activé el dildo y recorrí con él mi sexo, me centré en mi clítoris y súper estimulada, lo introduje en mi carne demostrándole lo que su miembro duro podría lograr dentro de mí si estuviera conmigo, en la misma habitación. 

Dando sexys arcadas, aceleró la cadencia en el consentimiento de su falo y yo lo hice igualmente metiendo y sacando el dulce juguete hasta que me vine en un portentoso y mojado orgasmo sin darme cuenta de lo que sucedía del otro lado del ventanal. Cobré conciencia y él, acariciando su pene, ya estaba tumbado y desfallecido en la cama. 

La siguiente noche que nos encontramos, tuve que cerrar la ventana para que no nos vieran mientras cogíamos sobre mi colchón.

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