Me lo eché en la azotea

“El calor de la tarde había entibiado el suelo y los tanques, haciendo del tejado el sitio ideal y hasta morboso para el cachondeo”
Anahita
20/04/2016 - 05:00

Llegué al poco tiempo de iniciada la fiesta. Sólo conocía a la anfitriona, quien me recibió gustosa por decidirme a ir, después de que el hombre con quien me vería finalmente canceló; “no me iba a quedar vestida y alborotada”, le dije al entrar a su departamento ubicado atrás de Catedral, en el Centro, espacioso, lleno de gente y con una gran mesa repleta de botellas y platos con botanas. “Esto se va a poner bueno”, me aseguró ofreciéndome un tequila. 

La música empezó a juntarnos en grupos con uno que otro disfrutando de su baile en solitario, y animada por el desenfado general me incluí en la muchedumbre. En la cadenciosa danza, me vi de frente con un chico lindo, aunque ya muy servido de tragos. Me sentí cómoda mientras bailoteaba separada de mi reciente pareja, pero en el tambaleo etílico se acercó a mí y me susurró algunas palabras, de las que sólo entendí: “Me gustas mucho”. Discreta lo alejé asintiendo con la cabeza, pero volvió a acercarse y lamió mi oreja, para después confesarme que le encantaría coger conmigo. Fue una pena que, en un hombre tan guapo, los whiskys resultaran ser un efectivo matapasión. Con la mano me limpié el lengüetazo y me alejé para fumar un cigarro.

Adentrados en la madrugada, lo que fue agitación se convirtió en una tranquila bohemia amenizada con guitarra y canciones; sin embargo, a la distancia, una cautivante mirada acaparó mi atención: era un hombre alto, grueso y con un puro en la boca, quien me sonrió recargado en el marco de una puerta; respondí a su flirteo y levanté el caballito que ya estaba vacío. Sorprendido y presto, se dirigió hacia la mesa, de donde tomó una botella, y decidido se acercó para servirme el destilado; se sentó a mi lado y empáticos empezamos a cantar. Tras un par de melodías, le propuse que nos alejáramos de ahí y ya en el corredor, nos topamos con una escalera que desembocaba en la azotea.

El calor que arreció por la tarde había entibiado el suelo y los tinacos, haciendo del espacio el sitio ideal y hasta morboso para el cachondeo. Platicábamos caminando entre tanques y tendederos con despreocupado coqueteo y, luego de varios intentos, me abrazó fuertemente, aventó el puro y me arrebató el pequeño vaso para ponerlo a rodar por el piso; me atrincheró en una barda desde donde se miraba la gran cúpula y me besó sin freno, mientras yo le sacaba la camisa para meter mis manos en su espalda. Su palma comenzó a frotar mi pubis sobre mis bragas por debajo de la falda y con la otra sobaba ese delicioso bulto, provocándolo aún más con ganas de entrar en mi oscura zona, cuyo jugo había mojado mi tanga; sin pensarlo, me la quité e, involuntariamente, me moví en círculos incitada por el deseo exquisito, arqueándome y sostenida de la barda con las piernas bien abiertas y mi cabellera meciéndose en el vacío que daba a la calle. 

Ese hombre, de quien no sabía su nombre, volcó su boca en la piel de mi escote y enganché una pierna en la suya para acercarlo, suplicando que fuera más allá de los escarceos. Entre gemidos y ansiedades, nos fuimos a un tanque, me sometió sobre el asbesto y bajó el cierre, desahogando un poco lo que estaba a punto de explotar; volvió a frotarse encima de la trusa dibujada por su grueso falo y sacó de la bolsa un condón, mientras yo hacía lo mismo, pero fue su miembro el que liberé. 

Al tiempo que él abría el paquetito, yo le hacía un manual engrandeciendo su erección; colocó el preservativo, me alzó sujetando mi trasero y, de un salto, me enredé en su cuerpo para embestirme cimbrando el tinaco una y otra y otra vez. El cielo raso atestiguó el fuerte orgasmo de ese amante que daba besos sabor a puro; me bajó gentilmente y otra vez me besó agradecido, mientras acomodábamos nuestro desorden corporal. 

“¿Cómo te llamas?”, le pregunté, y me contestó que mejor fuéramos a su casa “para presentarnos como es debido y darme lo que a mí me faltaba por recibir”.

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