Tenté su humedad

“Subí su falda y descubrí una suavidad lejana a la rudeza de la dermis masculina”
17/02/2016 - 11:41

Era una noche calurosa y en las entrañas del Metro, mucho más. Sólo bastaron unos cuantos minutos dentro del gran torrente anaranjado, para verme vulnerable ante una belleza excepcional. Su baja estatura curveaba aún más su anatomía ataviada de una falda larga y ajustada, haciendo juego con una diminuta camiseta provocativamente estirada en la parte frontal por sus envidiables senos redondos. 

Su tez era de un bronceado exuberante y su melena cubría ese trasero que sacudió la lascivia de los pasajeros.

A punto de descender del vagón en la siguiente estación, sentí su presencia custodiando mi espalda y fue así que desvió mi atención puesta al vacío para dirigirla a su reflejo que acompañaba al mío en el cristal de la puerta. Su mirada no fue la de una mujer que escanea a otra; esa que admira o codicia la vestimenta rival. No. Sus ojos caoba me decían que si yo correspondía a ellos, podríamos irnos juntas a cualquier lugar. 

Lenta, dejé el convoy mientras sacaba de mi bolsa un lápiz labial y me detuve a maquillarme, repitiendo el contacto visual, pero ahora a través de mi espejo. Ahí venía, detrás de mí. Una extraña sensación provocada por esa deidad urbana enalteció mi belleza, irguió mi espalda y vanidosa volví a tomar el paso, al cual la hermosa morena se emparejó. Nos miramos, una al lado de la otra, y apresuramos la andanza, salimos del Metro y tomamos un taxi. 

El increíble poder del flirteo puede ablandar las pieles más resistentes a tan inusual conexión y la que surgió entre las dos rompió mis esquemas y la presa dentro de mi sexo sobre el asiento del coche, donde tenté otra humedad que no era la mía. 

Hombro con hombro y ella a mi derecha, subí su falda y descubrí de sus muslos una suavidad distinta, lejana a la rudeza de la dermis masculina y tan cerca de la piel que reconozco en mi intimidad cuando me doy placer. Y recordando los deliciosos viajes de las manos viriles de mis amantes, la mía caminó hacia su tanga y, curiosa y muy excitada, comencé a juguetear en la abertura mojada de su jugo filtrado en su braguita. 

El desquiciante tráfico nos asaltó en el trayecto y con muchas ganas de entregarnos una a la otra, decidimos bajar del auto para perdernos en cualquier rincón e iniciar con las fricciones anheladas por ella y nuevas para mí. Así, corrimos como huyendo de los prejuicios y riendo y sofocadas, nos detuvimos en una esquina solitaria para seguir descubriendo. Ella descansó en la pared y yo, de frente, me sostuve en el muro simulando atraparla. No sé si los jadeos fueron por la carrera del taxi a la oscuridad o porque le daríamos rienda suelta a la lujuria, a la naturaleza.

Qué labios tan suaves tocaron los míos en esa impensada cercanía callejera. Mi pecho comenzó a restregarse en el suyo, mientras por debajo de sus bragas yo acariciaba sus nalgas, que se abrían al tiempo que sus piernas también lo hacían y su boca se escondía en mi escote ya sin los primeros botones, queriendo, embelesada, encontrar y chupar mis pezones. Así llegó a uno de ellos y sus manos en mi espalda apretaban y arañaban, a la vez que yo seguía en el sutil y terso hallazgo de un cuerpo femenino que no era el mío, pero que poseí.

Delicada, casi amorosa, bajó el cierre de mis jeans, metió su mano en mi pantie y empezó a sobar la carne punzante, aunque un dedo emancipado se introdujo en mi centro y luego dos, entrando y saliendo incesantes, mientras el resto continuaba amasando con la habilidad de quien sabe crear orgasmos con gemidos de mujer…

Los míos debieron esconderse en mi garganta por la poderosa oleada que blandeó mi vagina. ¿Mi agradecimiento? Le entregué un largo y cachondo beso, al mismo tiempo que ella, atenta, subía el cierre de mi pantalón, se acomodaba la falda y correspondía a mi boca.

“Te debo un orgasmo y tú me vas a enseñar cómo”, le dije al intercambiar teléfonos como dos buenas amigas al final de la juerga y una de ellas prometiendo pagar la ronda de cervezas cuando se vean la próxima vez.

Casi amorosa, bajó el cierre de mis jeans, metió su mano en mi pantie y empezó a sobar mi carne, mientras un dedo emancipado se introdujo en mi centro.

 

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