Tuvimos sexo en el jacuzzi

“Dentro de la bañera se asomaban mis pezones que se erguían aún más por el contraste del frescor del aire y la tibieza del agua que olía a sándalo”
Anahita
16/03/2016 - 05:00

Cuando abrí esa gran puerta de madera, se oía el caer del agua en la bañera; luz tenue, música en francés y ‘T’ saliendo del baño cubierto con una bata de color gris. 

La duela recibía mis pasos cautos dirigiéndose al perchero y colgué el abrigo y mi bolsa, mientras nuestras miradas no se separaron durante el recibimiento. Ya me había dado un adelanto porno a través del teléfono cuando me invitó a estrenar su jacuzzi como encantador pretexto; describió la potencia con la que salían esos chorros que, me dijo, completarían mi satisfacción si me animaba. Viril y sensual, desató el cordón de la prenda afelpada y me mostró su torso y su centro en vías de erección.

Yo, prevenida y sin haberme preocupado por ponerme ropa interior, fui desabrochando el vestido y quedé totalmente desnuda, subida en un par de tacones verde olivo; tomó mi mano y me condujo al cuarto de azulejos en tonos arena. La fragancia que en la habitación sobrevolaba era hipnotizante; “el sistema también incluye aromaterapia”, aseveró como entregándome un regalo extra, que yo recibí con fascinación y los ojos bien abiertos que hacían juego con mi son-

risa aniñada.

 En el borde del gran recipiente blanco, se enfilaban dos copas largas y llenas de chispas doradas, chocamos los cristales y ‘T’, sugestivo y ganoso, ya estaba sobando sus testículos emprendiendo el ceremonial. Mis dedos también comenzaron a mimarlo, a la vez que bebíamos y nos acercábamos más.

Me zafé un zapato y en la tina sumergí el pie apoyándome en la pared, luego otro y, poco a poco, fui templándome con el agua burbujeante que iba estremeciéndome con la ebullición. Dentro y recostada, el nivel sólo cubría la mitad de mis senos, asomando mis pezones que se erguían aún más por el contraste del frescor del aire y la tibieza del agua que olía a sándalo.

Él me observaba de pie, seguía tomando de la copa y acariciaba su pene rígido y venoso con ansias de navegar en mis adentros, no sin antes hacerse uno con el torrente perturbado como yo por tan delirante imagen que contemplaba a ras del suelo. 

Espontáneo, echó los hombros hacia atrás, dejó caer la bata y ahí estaba: su viril cuerpo velludo y rosado, silueteado por las centellantes velas que había colocado en el lavabo venía hacía mí, sonriendo, excitado y tragando saliva, emocionado por la sofisticada iniciación que por fin tendríamos luego de un par de coqueteos en la cafetería donde nos conocimos; intercambio de números telefónicos y, listo, invitación a su departamento para inaugurar el artefacto hidráulico.

Con suficiente espacio para ambos, se acostó a mi lado, me miró y volvió a sonreír nervioso y jadeante por el roce accidental de su nalga con mi cadera cuando se sumergía; me incorporé un poco y, reconfortándolo, comencé a humedecer su pecho, los hombros y su rostro de ojos cerrados con el agua que a borbotones nos masajeaba y aventaba uno contra otro, dejándonos llevar, mientras que, fuera del lago artificial, su falo se izaba y empecé a acariciarlo, posicionándome traviesa para que una de las intensas salidas de agua chocara en mi trasero y la fuerza acuosa llegara a mi carne viva, abriendo mis labios vaginales y provocando mi éxtasis. La inevitable reacción de mi cuerpo amasado por las exóticas corrientes me lanzó a comerme su miembro de la raíz a la punta, dando sutiles chupadas al glande lustroso, sediento de mis labios, y muy preparado para mi coñito, me clavé en él, moviéndome pausada y sin prisa, al tiempo que los chorros hacían su trabajo en las pieles trémulas, maridándose en el líquido fragante. Mi nuevo amante, con una mano, se afianzaba del borde del jacuzzi y con la otra, de mi cadera, de mis nalgas, recibiéndome y alejándome en el vaivén que chapoteaba el contenido de esa piscina que también estaba llena de sexualidad. Así fue como tras un buen rato de penetraciones y baños mutuos, una mancha turbia rodeó nuestros centros, delatando en el agua la ricura orgásmica por su jugo y mis zumos de mujer. Nos sumergimos uno al lado del otro y, entre resuellos y risas, seguimos bebiendo y brindando.

 

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