Con su cuero candente

“Obediente, tomé una manga, la pasé desde mi pubis hacia el trasero y comencé la contorsión subiendo y bajando”
Anahita
15/06/2016 - 05:00

Dicen que los hombres rebeldes saben mucho de las artes amatorias, y si tienen chamarra de cuero, saben mejor. Así que cuando conocí a César a través de una de esas aplicaciones para el ligue, me alborotó la curiosidad con su foto de perfil vistiendo esa pieza tan varonil.

“Me gusta tu chamarra”, le escribí cuando quedamos, “¿quieres que la lleve?”, me reviró, a lo que respondí (y le mentí) que así sería más fácil identificarlo. Y ahí estaba, despreocupadamente sentado con sus jeans roídos y esa chaqueta desgastada que se adhería a sus apetitosos bíceps.

Tomamos cerveza, charlamos sobre nosotros y nos hicimos coqueteos y uno que otro contacto inocente en las manos y los rostros, complementando las ideas y los piropos, además del jugueteo de su dedo en mi hombro que mi diminuto suéter le dejaba ver. Fue entonces que fluí ante sus encantos y, sin dudarlo, nos dirigimos a un hotel.

Caminando y muy seguro, me rodeó con su brazo como si ya me poseyera desde aquel instante, atrapándome con su portentosa virilidad. A cada paso, observaba sus fuertes pisadas y sus muslos tensándose sobre el asfalto, mientras me acurrucaba en el olor a cuero usado y loción sin ningún plan de seducción más que el deseo intenso de que me cogiera de una vez.

Al subir las escaleras hacia el cuarto alquilado, me temblaban las piernas; las tres botellas de cerveza no fueron suficiente desinhibidor para el candente encuentro que nos esperaba en esa cama. Me imponían su humanidad y el crujir de su chamarra; era como un susurro en el oído que viaja por el cuello, el cual excita y entrecorta la respiración.

Cerró la puerta, le echó el seguro y no dejaba de mirarme. Modosa, me senté en el colchón y se inclinó para quitarme los zapatos; se retiró la chaqueta y la aventó sobre la colcha… para luego empujarme y yo caer encima de ella; mi timidez se volvió en lujuria a la altura de la suya, zafó mi pantalón, me arrancó el suéter, bestial bajó mi tanga y desabrochó con maestría el sostén.

Mi piel en contacto con el cuero oscuro de mis fantasías se estremeció sin que fueran necesarias sus manos en mi cuerpo. Pero él se daba cuenta de mi reacción incontrolable y se alejó mientras, poco a poco, se deshacía de su ropa; fue así como que entendí lo que él quería que yo hiciera, y al tiempo que, desnudo, comenzaba a tocar su torso con una mano y a frotar su miembro duro con la otra, me acosté boca abajo y emprendí la comunicación con la suavidad de esa chaqueta.

Parecía que me ordenaba con los ojos y yo obediente tomé una manga, la pasé desde mi pubis hacia el trasero y comencé la contorsión subiendo y bajando, cubriendo el resto de la prenda con mis senos de pezones bien erguidos.

Restregándome acompasada, los cierres y broches me rasguñaban ricamente; la manga seguía abrazando mi centro y éste supuraba el fluido preliminar embarrando el material, mientras me agarraba fuertemente de una almohada para incitarme en el orgasmo.

Aún de pie, él miraba y se consentía libidinoso, y a punto de yo ejercer la arqueada triunfal, me volteó salvajemente para penetrarme y venirme de manera tan silvestre, que debió acallar mi grito con su mano en mi boca como parte del juego subversivo, a la vez que arremetía su sexo dentro del mío sin detenerse. La chamarra refregaba mi espalda como una más de sus extremidades; rechinaba, se mojaba de sudor, y al sacar el pene provocando su derrame, la expulsión cubrió mi cara, deslizándose su leche en el forro de la prenda…

En la sobrecama, gentil, cansado y con un cigarro en los labios, me incorporó ese chico malo para ponerme la chamarra aún caliente porque ya hacía frío esa madrugada.

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