Con su piel engrasada

“Un león tatuado en su pecho hizo que yo lubricara aún más copiosa”
Anahita
13/09/2017 - 10:07
 

La piel engrasada de sus bíceps se tensaba en cada ajuste que le hacía al motor de un Chevrolet 76 con la llave de tuercas. Aburrida y esperando a que Cora volviera del cajero para saldar la cuenta del ajuste de su coche, tenía que entretenerme con algo, y ese hombre tan varonil fue ideal.

La melena crecida cubría la mitad de su rostro y me permitía observar que silbaba una canción de los Beatles a la vez que le daba una calada al cigarro que posaba en una mesa de trabajo. Ni se había dado cuenta que yo lo miraba.

Moreno y con barba de candado bien recortada, Roberto vestía un jumper azul marino que deliberadamente le había quitado las mangas, dejando sus brazos así, como yo los admiraba mientras hacía guardia.

Desde el carro, miré que se aproximaba hacía a mí; rápidamente y por el retrovisor, me acicalé el cabello, revisé el brillo de mis labios y el mecánico ya estaba recargado en la ventanilla: “¿Va a tardar mucho su amiga? Porque necesitamos el lugar que está ocupando su coche”, y le dije que si quería recolocarlo porque yo no sabía conducir.

Me pasé al sitio del copiloto y subió para manejarlo. Extrañamente, su indiferencia me pareció algo sexy y el motivo para que yo fuera la que, discretamente, se lanzara:

“¿Por qué no lo estacionas enfrente de ese restaurante?, y así aprovecho para tomarme un café mientras la espero”, le dije sugestiva; entendió el mensaje y sonrió pícaro.

—Si no tuviera que hacer, me apuntaría para tomarme uno.

—¿Y cuando te desocupes?

—En media hora acabo en el taller.

Y así cerramos el trato.

Lo vi salir del local recién bañado y ajustándose la chamarra de cuero negro, llegó al restaurante y se sentó a mi lado. Llamó al mesero por su nombre y pidió una cuba mientras yo bebía mi café. Se quitó la chaqueta y noté que aún llevaba algunas manchas de grasa en esos brazos bien torneados.

No pude contenerme y quise borrarlas con mis dedos; su piel se puso chinita, no se lo esperaba, y le dio trago largo al ron con cola. “Perdona, es que esto se quita con gasolina”, me dijo apenado, sin saber que fue el pretexto para acercarme a él.

Una excitación se despertó entre mis piernas; su aroma a loción, del cuero y del agua de su pelo fue una mezcla que poco a poco me pegaba a su ser como un imán durante la charla, hasta que, enterado de mi atracción hacia él, tomó mi mano y la puso en su bíceps engrasado.

Al tiempo que yo acariciaba, nos besamos largamente para luego pedir la cuenta, levantarnos y cruzar la calle para abrir nuevamente el portón del taller.

Sorteando herramientas y cacharros al paso, llegamos a un sillón de un auto antiguo y nos dejamos caer.

En el faje, de sus jeans sacó un condón que le arrebaté para abrirlo; bajé el cierre, descubrí su miembro bronceado y deslicé el látex volviendo a enchinarle la piel de su vientre, lo cual me hizo lamerla enternecida por su reacción de tímido amante.

Subí mi falda, abrí mis muslos, dirigiendo sus dedos lo invité a que hiciera a un lado mi tanguita y me ensarté en su falo duro y caliente, resollando los dos al mismo tiempo para empezar el contoneo cachondo.

Desabotoné mi camisa y volví a tomar sus manos para que me manoseara los senos mientras yo subía y bajaba lenta y cadenciosa sobre él. Acostado, zafó su playera negra, y un león tatuado y escondido en el vello de su pecho hizo que lubricara aún más copiosa.

Me volqué en su torso y lo besé antojada, a la vez que él sujetaba mis nalgas, entrando y saliendo de mi coño extasiado por mi lujuria. La luz de una ventana alumbraba apenas el salón, y en el viaje sexual, me di real cuenta de mi entorno.

Pósters de voluptuosas mujeres, rines de llantas y armatostes destartalados hacían más viril la experiencia, cuya rusticidad me animaba a seguir

cabalgando.

“¿Dónde está la regadera?”, le pregunté, y Roberto, sorprendido, apuntó hacia una puerta y jadeante le pedí que me llevara. Nos fuimos tirando el resto de las prendas y ahí seguimos cogiendo mientras el agua recorría nuestros cuerpos.

Reventados de orgasmos y aún debajo de la ducha, entrelazados y besándonos, tomé el estropajo y lavé cariñosa los brazos que me cautivaron mientras esa tarde esperaba a Cora que volviera de cajero...

 
 
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