Mi lujuria por su tatuaje

“En un delicioso vaivén, yo hacía que degustara de mi carne viva”
Anahita
13/04/2018 - 05:18

Su espalda es como una fortaleza que ahora es custodiada por una gran águila negra. Sus omóplatos aletean en sincronía al abrazo que me otorga y yo me afianzo a su cuerpo entregada al poderío.

Cuando Diego me llevó a la alberca olímpica para enseñarme a nadar, estaba estrenando tatuaje, un detalle que despertó en mí un antojo por su cuerpo muy distinto que en otras ocasiones.

Así que mi temor a ahogarme fue el pretexto ideal para no separarme de su rica anatomía; “no me vayas a soltar”, le decía al tiempo que apresaba ese dorso magistralmente dibujado.

En cada braceo, el grabado parecía salirse de su piel brillante por el agua mientras me enseñaba cómo hacerlo. Yo sólo admiraba la lección sujetada de uno de los bordes de la alberca.

De pronto, se sumergió, y como torpedo, se dirigió hacia mi cuerpo para tomarme de la cintura, salir a flote y atraparme en un beso sorpresivamente.

Nuestras bocas querían comerse algo más que los labios; nuestros sexos se escarceaban entre sí, e impotentes por no poder arrancar los trajes de baño, las manos amasaban las nalgas en la profundidad de las aguas cloradas. Así que huimos de ahí.

Llegamos a mi casa y lo llevé a mi cama. Poco a poco, mi impaciencia se volvió serenidad y con ella lo senté al borde del colchón y comencé a desnudarlo.

Ávido a mis movimientos, se dejó quitar la playera; pasé mis dedos por su torso, por su cuello, me hinqué frente a él y besé su vientre, lamí su tórax y mi lengua viajó por sus bíceps; Diego sólo observaba gozando mientras el ritmo de su respiración iba aumentado en cada uno de mis jugueteos.

Subí a la cama, me arrodillé frente a su espalda y volví a acariciarlo. Mi índice seguía el trazo del águila real y sus jadeos eran cada vez más perceptibles; mis labios consintieron su nuca y me quité la ropa para que mis senos hicieran contacto con la piel entintada. De inmediato, se irguieron mis pezones y su dermis se erizó al notar la dureza de mis puntas color marrón.

Regresé frente a él y dejé que me chupara las tetas mientras atrapaba con sus brazos mi cadera. Él apretaba mis glúteos y yo revolvía su cabellera para que siguiera deleitando mis aureolas con la lengua.

Pasó por mi vientre y con una mano ya estaba bajando el cierre de su pantalón.

Le ayudé a despojarse de la prenda, hice que se recostara en el lecho tibio y, de rodillas, avancé hasta que mi carne abierta quedara en su boca y lo invité a que me comiera.

En un delicioso vaivén, yo hacía que degustara de mi raja viva; volvió a apoderarse de mis nalgas y desde ahí, él guiaba el contoneo mientras nutría su lascivia con mi sexo con ese oral que jamás voy a olvidar. Yo no dejaba de menearme sobre su cara y él respondía hambriento, y a punto de llegar al clímax, retrocedí para incrustarme en su pene más que listo para recibir mi entraña acuosa de saliva y lubricación.

Cabalgué hasta reventar en orgasmo y, desfallecida, sin salir de mi carne me apresó contra el colchón y me atravesó el cuerpo con sus frenéticas penetraciones, sacudiendo la cama hasta separarla del muro.

Entonces, un fuerte resuello desde su garganta fue el aviso de su detonación que me inundó de leche, derramándose en mis entrepiernas. Salió exhausto de mi núcleo y quedó boca abajo sobre las mantas.

Aún con muchas ganas de sentir y mis muslos untados de semen, tomé un poco con mi mano, me monté en Diego y ungí el dibujo mientras comenzaba a restregar mi pubis en su nalgas duras y redondas para provocar mi ansiado orgasmo. Con eso, él volvió a excitarse.

Empuñando su falo, quiso incorporarse frente a mí, pero lo detuve y le pedí que me dejara seguir contemplándolo así, e hincados uno detrás del otro, nos masturbamos poderosamente. 

El ave parecía desprenderse de su espalda ante tal intensidad de movimientos y jadeos, y estallamos… 

Hoy, Diego me gusta más que antes.

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