Cogimos en tierras lejanas

“No hubo besos más sexuales como los que nos dábamos en cada encuentro, como si de orales en la carne que rodea mi vagina y en su miembro se tratara”
Anahita
11/05/2016 - 05:00

Un beso ante los ojos de la luna fue el inicio de una de las madrugadas más largas, pues nos duró cuatro fechas, de las que yo haya fornicado. Fue una luna extranjera la testigo de nuestras ganitas por recorrer espacios más allá de los labios.

A muchos kilómetros de México, hubo bares y rincones en los que ‘G’ y yo pudimos conversar, conocernos, bebernos con las pupilas y reír nerviosos por la inminencia de lo que iba a suceder en el noble hostal en el que estaba hospedada.

Botellas de cerveza, tambaleos divertidos y con los condones listos, emprendimos el arremetimiento de los cuerpos ansiosos sobre la cama que revolcaron las sábanas almidonadas. “Me gustas, gran caraja”, me decía, balbuceando, mientras yo mordía su labio inferior y restregaba mi pubis en su muslo derecho.

Nunca hubo besos más largos y sexuales como los que nos dábamos al principio, durante y al final de cada encuentro en ese cuarto, como si de orales en la carne que rodea mi vagina y en su miembro se tratara. Quien subestime el valor de sólo besar se ha perdido de la más gloriosa prueba del sexo donde un par de belfos relucientes se hinchan de tanto usarlos uno sobre, contra y a través del otro. El primer choque carnal fue sorprendido por la fría mañana ibérica que se asomó desde el balcón de la pequeña habitación.

Y así fueron varias noches en las que no importaba descansar, mientras se perfeccionaban las caricias, las lamidas, las penetraciones consiguientes y las cabalgatas que nuestras humanidades les era imposible parar. 

Sorprendida por el aguante de las tantas horas de empalme dérmico, mis caderas tomaron vida y hacían de mí un ente hipnotizado, unas veces cadenciosa y otras más con la agresividad de la que revive del letargo delicioso, que se da cuenta de lo que está pasando y arremete para no dejar libre a la presa, apretando mis adentros en cada empellón. ‘G’ se dejaba querer y atrapar por mis piernas que perdían la fuerza física en el camino de las manecillas, aunque no la del deseo y la lujuria que me hacían aprisionarlo aún más.

Nuestros cuerpos macerados de sudores y salivas sin clemencia, y las gargantas ya secas de los jadeos constantes pedían un trago de cerveza, siendo la mía el transporte para depositar los frescos traguitos en su cavidad bucal, la cual los recibía con deleite y antojo. Sed de lo mío, sed de lo suyo en un intercambio de líquidos supurantes de todas las partes que no dejamos de amasar, de morder, de chupar.

Cada madrugada era igual de intensa que la anterior, pero con las diferencias que hacen dos seres que incitan a algo innovador. Como el sexo oral que me regalaba mientras desplazaba sus manos en mi vientre vivo por las ondulaciones provocadas por su lengua y labios dentro y fuera de mi centro punzante, desbordando mi jugosa respuesta en cada orgasmo infante que se convertía en adulto cuando volvía a penetrarme con su falo más candente e impetuoso minuto a minuto.

En las mañanas de cada incesante colisión, luego de no poder separarnos trabados por los besos, pero había que hacerlo, pues ‘G’ debía ir a trabajar, salía de la ducha, e inesperadamente y encantado, admiraba mi silueta vestida en esa sábana crujiente y blanca aún caliente por nuestra sexualidad desbocada.

Despeinada y extenuadamente complacida, sonreía incrédula por su semblante candoroso y, observando mi cuerpo, con la pena de que tenía que salir a laciudad.

“¿Nos vemos en la noche?”, le preguntaba como evadiendo mi timidez frente a tan descriptiva mirada; “nos vemos en la noche, Caraja hermosa”, me contestaba… El final de esas noches se acercaba, yo tenía que partir; así que coger y besarnos eran nuestra prioridad. Sobre todo lo segundo, en lo que nos entendimos tan bien como si hubiéramos nacido los dos al mismo tiempo en nuestras bocas.

Ahora, cubierta en otra sábana blanca dibujando mi desnudez y muy lejos de aquella cama alquilada, recuerdo su cuerpo a medio vestir, recién bañado y de pie admirándome como si el mundo se fuera a acabar después que él cerrara la puerta.

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