Ebrios de pasión

“Vertíamos la cerveza en las anatomías que se enchinaban por su frescura”
Anahita
11/01/2017 - 05:00
 

Me gusta tomar cerveza, de todo tipo: claras, oscuras, nacionales, extranjeras,  pero cuando probé una en especial, vaya que la deleité como ninguna otra. Sobre todo por la compañía que le dio una importancia excepcional.

Lo conocí gracias a un amigo, quien sabe mi delirio por los fuereños, y esta vez fue un hombre, cuya nacionalidad hace honor a su cualidad, según lo interprete cualquiera de mis paisanos.

“Cuando les digo que soy belga, empiezan a alburearme”, me dijo con una sonrisa y gran sonrojo; “habrá que descubrirlo”, pensé disimulando mi interés por aquel madurito de nariz prominente.

Ethan vive en esta ciudad y le gustan las mexicanas, de quienes se expresa con admiración “por el arrojo que tienen para ligar”, me confesó como retándome, mientras mi amigo poco a poco se hacía de humo al ver la buena comunicación entre nosotros.

La noche avanzó y, ya solos, me invitó a tomar un trago en un lugarcito cerca de su casa, “donde vas a probar una cerveza de verdad”, sentenció llevándome de la mano.

Larga fue la charla sobre música, su país y la hechura de la bebida compatriota que despacio nos soltaba de la lengua, lanzándonos piropos y acercándonos más.

Toques “inconscientes” en las manos, mi pelo, su cara, para llegar a su cuello diciéndole que olía riquísimo.

Hasta que, acurrucada en su quijada, lamí el lóbulo de su oreja… El estremecimiento fue evidente y me envalentoné por la reacción. El bar se había quedado vacío, así que pedimos la cuenta y antes de que la llevaran a la mesa, finalizamos la última botella nerviosos, expectantes.

Camino a su casa, entre charcos y banquetas malhechas, nos sosteníamos desvergonzados aferrándonos a los cuerpos que se iban conociendo, y al llegar a la puerta principal, nos dimos un faje con el que me di cuenta que las insinuaciones sobre su gentilicio eran ciertas.

En el abrazo, yo rozaba con mi muslo el bulto que sobresalía de su pantalón; el inesperado restregón hizo que apurara a sacar las llaves para entrar de una vez por todas y trémulos arribamos a su departamento.

Me dejé caer en el sofá, Ethan fue al refrigerador y sacó un par de esas cervezas que nos dieron ese puntito excitante. Chocamos los cristales y bebimos impulsivos tal y como nos abalanzamos uno hacia el otro para despedazarnos la ropa.

Los labios mojados por la malta humedecían las pieles, los revolcones  nos deslizaron del sillón a la alfombra y como en carnaval etílico vertíamos el líquido de las bocas a las anatomías que se enchinaban por su frescura.

Lamidas afanosas, succiones sedientas… Dicen que la cerveza es buena para la piel, pero para la mía era mejor su sudor, que hacía mucho más fácil la interacción corporal, la cual nos alentaba a refregarnos jadeantes y más ebrios de lascivia que por el alcohol.

“Háblame en francés, dime algo en francés”, le imploré cuando en mis pechos hundía su cara, y comenzó a decirme cosas  obscenas por como apretaba los dientes y después me chupaba los pezones embebidos de cerveza belga. Y con sus palabras como un abracadabra, mi centro empezó a buscar el suyo y dejé que entrara su miembro grueso y rojo de tanto aguantar afuera. La alfombra empapada del elíxir culpable refrescaba mi espalda friccionada en cada empellón que me hacía gemir y arquearme, recibiendo su lujuria.

 Ethan me agarró de la cintura, se arrimó mi culo a su falo, y sentado y con las piernas abiertas, volvió a penetrarme mientras yo me aferraba al frasco ámbar con una mano y con la otra al pelo del tapete.

 Sus movimientos de cadera eran rápidos y cachondos; mis rodillas casi abrían un canal en la alfombra y mi voz subió de volumen, sólo interrumpida por los bombeos. 

Qué energía tenía ese chico, tan delgado y con lentes que lo hacían parecer tan inocente... Entonces, me zafé de su yugo y lo tiré al piso para ensartarme al mismo tiempo que mis dedos jugueteaban con mi clítoris  e incitaban el orgasmo delator de mi encanto por Ethan. 

Y en la explosión, las contracciones de mi vagina provocaron que esa verga potente y kilométrica reventara presa en el látex y mi entraña… Sus punzadas han sido inolvidables, como el sabor de la cerveza que hoy me tomo a salud de aquella noche.

 
 
TU REACCIÓN
¿QUÉ TE HA PROVOCADO ESTA NOTICIA?
0
QUE CHIDO
0
QUE PICANTE
0
QUE HORROR
0
ME IMPACTA

CONVERSACIONES EN FACEBOOK