Metió un orgasmo en mi cancha

Un partido de futbol crea el ambiente ideal para desatar emociones y avivar el instinto de la pasión
10/02/2016 - 13:28
“¿Te gusta que la meta en tu cancha?’, decía bufando y chocando en mi pubis, induciéndome a un orgasmo que parecía vitoreado por la fanaticada”
 
Las alineaciones estaban listas para la contienda. Los equipos se peleaban el todo por el todo en un partido de semifinal y eso ‘C’ no se lo iba a perder. 
 
Sin embargo, nada, ni siquiera el futbol, lo detendría para verme esa tarde de domingo.
 
La invitación fue directa: “Vente a ver el juego a mi casa, verás que será emocionante conmigo”. No cabía duda alguna: lo que hiciéramos él y yo juntos siempre tenía garantía.
 
Su entusiasmo era evidente; tanto como el de cualquier hombre que gusta de los deportes por televisión, aunque esta vez, su exaltación era por partida doble. 
 
De pants, bien bañadito, con delantal sobre su cuerpo espigado y un plato en la mano, me recibió en la puerta apurándome a tomar asiento en el palco de honor.
 
Buena cerveza, botana preparada por él mismo y la ovación en la gradas eran los elementos que ambientarían la contienda.
 
Pero, como dicen por ahí, los preliminares son lo mejor. Mientras los jugadores entraban a la cancha, su mano lo hacía en mi falda acariciando mis piernas sin distraerse ni un poco al detallarme las estrategias de ambos equipos y una que otra anécdota de integrantes veteranos. Historia, estadísticas, pronósticos; todo esto aderezaba los prudentes arrumacos que elevaban la excitación.
 
Así fue como sonó el pitazo de inicio. Con rápidos desplazamientos del esférico, los futbolistas se apoderaron de su atención; sus ojos se posaron en el juego y la palma que paseaba por mis muslos salió para empezar a manotear vociferando a la pantalla; pero al verse ensimismado en su reacción, se acercó y me abrazó simulando un compadrazgo, describiendo tal y cual procedimiento, incluyéndome en la diversión.
 
Sin embargo, hicimos a un lado la hermandad pambolera y empezamos a complacernos, gestándose una mezcla de agitación deportiva y exaltación sexual, mientras mis dedos invadían su área de meta al mismo tiempo que yo asentía a su explicación. 
 
Entonces, su falo comenzó a estirar el suave poliéster que vestía mi hincha favorito y eso me animó a saber más sobre futbol y a mirar con más interés esos cuerpos dinámicos de fuertes extremidades y exquisitos traseros que corrían de un lado a otro sobre el césped. 
 
Esa viril combinación de pasión futbolera y lascivia en crecimiento nos tomó por sorpresa y el hallazgo nos condujo a una nueva práctica amatoria. Ahora, el despliegue no sólo se fraguaba en la cancha, pues sus manos transitaron por mi cuerpo, a la vez que el vitoreo animaba ambos encuentros, aunque el que se transmitía vía satélite pintaba menos emocionante que el que se llevaba a cabo en el sillón. 
 
Así que previniendo cualquier despiste que súbitamente me robara su lujuria, debía aprovechar su exaltación y no perdí ni un minuto para el ataque. 
 
Montada en él, subí la falda, bajé su pantalón, ladeé mi tanguita y atrapé la poderosa erección magnificada por el sin igual acontecimiento. 
 
Esta vez, a quien daba indicaciones ‘C’ como todo un estratega en la disciplina, era a mí. Zafó mi playera y con mis senos sin brassier, comenzó a dirigirme, mientras el balón no pasaba del medio campo para mi
beneficio. 
 
No había jugadas que amenazaran con interrumpir lo que me urgía hacer con ese ejemplar de macho alfa enardecido por la pelea entre dos conjuntos de hombres sudando y jadeando detrás de una pelota. Lamía y mordía mis pezones; besaba mi cuello, hacía que de mí entrara y saliera su pene, y las porras y los silbatazos eran la música de fondo al compás de mis jadeos y sus resuellos como todo un animoso del soccer. 
 
“¿Te gusta el futbol?”, me preguntaba ansioso y más bien refiriéndose a la saña con la que me impulsaba desde mis nalgas, a la vez que elevaba y bajaba sus propias caderas, embistiéndome con energía. “¿Te gusta que la meta en tu cancha?”, decía bufando y chocando en mi pubis, induciéndome a un orgasmo que parecía vitoreado por la fanaticada a través del televisor.
 
Esa tarde, los dos equipos salieron con empate; nosotros, en su cama, tuvimos un segundo tiempo de 1-1 con el oral de campeonato que le hice para no quedar en desventaja por el golazo que me metió en su sofá.
 
Así empezamos a complacernos, gestándose una mezcla de agitación deportiva y exaltación sexual, mientras mis dedos invadían su área de meta.

 

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