Aprendiz del placer

“Al calor de los tragos, el jazz y las paredes de mi cuarto de estudiante, me dejé llevar”
Anahita
07/09/2016 - 05:05

Yo tenía 20 años y un corto recorrido de andanzas amatorias sin emociones.

Jovencitos aguerridos e impetuosos, pero sin más propósito que el de sus propias satisfacciones, y yo  sin ninguna de esas sensaciones que a mi antojo me fabricaba en la soledad de mi recámara.

Creí que sólo a eso estaba destinada, pero las involuntarias circunstancias me motivaron a volar de casa, y lejos de todo descubrí que mis necesidades podían ser saciadas por alguien más interesado en esos detalles que a toda mujer le abren las puertas del placer verdadero.

Así fue como Fausto, 25 años mayor, apareció en mi vida, coincidiendo los dos en la búsqueda de un lugar donde poder refugiarnos de los sinsabores pasados; él, con un molesto divorcio, y yo con las ganas de un cambio radical.

Su sapiencia en arte, música y política lanzaba destellos esperanzadores de que por fin me había topado con alguien que me brindaba otro punto de vista sobre el mundo, y con su 1.90 de estatura y una robustez apresadora, algo más que una conversación interesante.

Una noche, con la galantería que sólo un hombre de esa estirpe ejerce con una chica anonadada como yo frente a él, terminó por convencerme de que esos brazos tenían que ser ocupados por mi cuerpo, y al calor de los tragos, el jazz y las paredes de mi cuarto de estudiante, me dejé llevar y decidí investigar qué más podía darme su experiencia.

Se acercó a mi boca después de darle un buen sorbo a su whiskey y me recostó finamente en la cama, mientras él degustaba mi labio inferior; descansando en su brazo, fue desabrochando mi blusa sin desaprovechar el canalillo entre mis pechos para pasar su lengua y chupar el fragmento de mi seno que salía por el brasier.

Yo miraba como tomando nota de cada movimiento experto en zonas nunca antes visitadas así e inevitablemente me acordaba de las torpes manos de esos chicos noveles que pasaron por ahí como exprimiendo una naranja. Las de Fausto acariciaban, comunicaban deseo. 

Y él me dejó que le hiciera sin adelantarse a todo lo que yo quisiera hurgarle. Abrir una bragueta con real erotismo fue uno de los caprichos que me invitó a satisfacer, a lamer su vientre como preludio a lo que a ellos los vuelve locos, mientras él de pie ambicionaba mi espalda desnuda con sus dedos, conteniendo las ansias de que ya comenzara a hacerle el oral que yo también moría por realizarle.

Su trozo rosado y rígido apuntaba directamente a mi boca, pero me limité a contemplar; lo toqué con especial embelezo y pasé mis labios mojados por la punta supurante de su excitación previa. Me gustó su sabor, su textura; después repasé el resto deleitando los inquietantes tropezones de sus venas por mi lengua, para luego entrar y salir de mi boca a la vez que  él me guiaba mimando mis orejas, acariciando mi nuca; él quería que todo fuera perfecto.

Levanté mis ojos hacia su rostro complacido, se inclinó para besarme y tumbarme de nuevo en el colchón y empezó a comerme el cuerpo de extremo a extremo, mientras su obelisco rozaba cualquier área de mi piel como otra hábil herramienta de seducción, al tiempo que sus manos y labios viajaban y exploraban.

Hasta que repentinamente, cara a cara, sin dejar de mirarme ardoroso y con su pecho que progresivamente se iba hinchando de jadeos sobre mí, tomó mis muslos, abrió mis piernas y fue acomodando su centro en el mío con una impaciencia parecida al hartazgo de una larga espera para saciar el hambre cuando al fin llega el festín y entró desaforado.

Sus rítmicos choques se hacían acompañar por graves resuellos muy lejos de las voces escasas de virilidad de mi pasado; cada gemido me estremecían, mientras le pedía que no parara de impactarse en mi interior y me partiera en dos, y él seguía con más ímpetu devorando mi cuello lozano de 20 años con su boca de 45.

Mis senos se apretujaban con su torso y mis uñas rasgaban su trasero que empeñoso se tensaba en cada empujón contra mí perforando la cama. Mis placenteros lamentos eran una ovación a su madurez y expertise, que se convirtieron en una acción primitiva para reventar en orgasmo. 

En mi vida, su derrame fue el primero que sentí como lava ardiente por mis ingles y así supe que esto es más fascinante que mi historial insípido y sin la lujuria que él me despertó para no dormir jamás.

 

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