Apareció desnudo y jadeante

“Me abrazó y comenzó a restregar su pene en mi entrepierna”
Anahita
06/12/2017 - 05:18
 

David tiene una copia que abre la puerta de mi casa. Después de 15 años, mi confianza y ese deseo de que en cualquier momento pueda llegar a asaltar mi cama hicieron que le diera la llave.

“Siempre me urge verte”, le digo a ese guapo de barba tupida y ojos grandes.

Así que, luego de mucho tiempo de no visitarme y tras mi desesperada respuesta vía telefónica, ayer en verdad me cayó de sorpresa.

Una ducha consentidora con las esencias casi mágicas que suelo utilizar en mi cuerpo me preparaban para el encuentro, dándole una velocidad inusual, ya que no sabía exactamente a qué hora llegaría.

Sin embargo, mientras me afeitaba las piernas con suave espuma mentolada, se oyó el cerrojo. Detuve el proceso y grité que sólo tardaría un par de minutos y que tomara del refri lo que quisiera beber.

Sus pasos firmes aunque parsimoniosos se hacían más audibles; había entrado al cuarto de baño. Y cuando el rastrillo caminaba por mi muslo, volví a parar y escuché que la hebilla del cinturón caía al suelo. Así el resto de la ropa.

Aún no estaba preparada, aún faltaba ultimar detalles… Abrió la cortina totalmente desnudo y jadeante, y comenzó a consentirse el miembro mientras me miraba de arriba abajo.

“Hola”, me dijo acercándose a mi cuerpo a medio enjabonar, yo sonriente y con el rastrillo en la mano. Me abrazó y empezó a restregar su pene en mi entrepierna, deslizándose con facilidad por la jabonadura.

Me besó apasionado y tomó la herramienta afilada de mango rosado, pasó su palma por la zona y la preparó para él continuar con la tarea. Delicado, se hincó y me ofreció su muslo en escuadra para que yo posara mi pie y me apoyara.

Acarició mi pierna, la contempló y amoroso la recorrió con el rastrillo. Sujeta a la pared, admiraba su labor con mi respiración cada vez más acelerada, pues el champú lo invitaba a masajear mi extremidad, para luego hacerlo en el quicio entre mi muslo y mi nalga.

Gustoso, meneaba su dedo acompasadamente en la comisura de mi vulva y observaba en mi rostro mi reacción. Mordiéndome los labios, yo disfrutaba cada movimiento dactilar. Bajé la mirada y noté su falo bien erguido.

Tenía unas ganas de chupárselo de tan lustroso, pero él seguía a mi servicio, mientras mis gemidos rebotaban en los azulejo porque sus dedos ya estaban en esos rincones todavía más húmedos que el resto de mi piel.

Cuando acabó de afeitarme, se levantó, chocó deliberadamente su pecho contra el mío y abrió la llave de la regadera. Sobándose el trozo en mi vientre y mi pubis, me quitaba con el agua los restos de espuma olor a menta.

“¿Qué más hay por afeitar?”, cuestionó y le contesté que mis axilas. Alzó mis brazos, las lamió, enjabonó y tomó nuevamente el utensilio para hacer lo propio con el vello apenas crecido de un día.

Qué sensación tan extraña; esa de que me haya excitado por la caricia de las finas cuchillas; es que saberme atendida y, a la vez, cachondeada con un objeto nada común para un ritual erótico, me lanzó al paraíso de la originalidad y la lujuria.

Qué grado de intimidad existía entre él y yo, que algo tan personal nos podía prender de manera incendiaria con todo y el chorro de agua que caía en nuestros cuerpos.

Después de mi “mantenimiento integral”, él darse un baño exprés y ambos otorgarnos un faje apoteósico, salimos de la ducha y, así, empapados, nos fuimos a la cama para envolvernos en las sábanas sin importarnos el desastre acuoso.

Se puso el condón y en un abrazo frenético, me cubrió con su cuerpo fresco y me penetró sistemática y cadenciosamente, mientras yo subía y bajaba mis caderas, enganchando las suyas con mis piernas lisas y aterciopeladas gracias a ese nuevo talento que no le conocía.

Levantó otra vez mis brazos y volvió a repasar las axilas sin mácula, pero ahora con el filo de sus labios sin dejar de remover su miembro en mi carne jugosa, al tiempo que resollábamos de lascivia hasta que nos venimos uno enseguida del otro en inmensas detonaciones…

“¿Hay otra monada que no me hayas mostrado?”, le dije encantada descansando en su pecho; “no sé, invítame otra vez y a ver qué se me ocurre”.

 
 
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