'Lo hicimos' en el coche

La pasión puede desatarse en cualquier momento en un vehículo, aún y cuando está en movimiento
Anahita
06/01/2016 - 06:00
“Teníamos la intención de ir a un hotel, pero fue tal la calentura, que no esperamos y, en pleno viaje, comencé a saciar mi capricho acercando mi mano a su bragueta, mientras ‘H’ conducía”.
 
Habíamos salido del antro un tanto apenados, aunque muy divertidos porque nos cacharon en el baño de mujeres; por más que intentamos acomodarnos en el reducido espacio del inodoro, fue imposible por la grandiosa humanidad de ‘H’, de tórax amplio y piernas largas, y en un movimiento incontrolado en el abrazo, al bajarse el cierre del pantalón de mezclilla, se abrió la puerta exponiéndonos a la vista de las chicas que esperaban turno.
 
Unas se rieron, otras nos denunciaron. 
 
Así que era momento de ir a otro lugar menos incómodo. Pedimos el coche al valet parking tambaleándonos y carcajeando burlones por la mala pasada; esa imagen con él a punto de sacarse ‘el paquete’ y yo levantándome la falda con mis bragas a medios muslos debió ser muy graciosa. 
 
Entonces, llegó el auto y lo abordamos con la firme intención de irnos a un hotel, pero fue tal la calentura, que no esperamos a llegar y en pleno viaje, comencé a saciar mi capricho acercando mi mano a su bragueta, mientras ‘H’ conducía. 
 
Primero, rocé con mi palma su hinchazón masculina; después, con movimientos circulares y de arriba hacia abajo, ordené que se abultara más, al tiempo que él metía segunda, pero con ganas de meter otra cosa en mis oquedades. Una de ellas, mi boca, salivó en cuanto escuché el primero de sus estertores. Poco a poco fui abriendo el zipper tocando el tejido de su trusa, que evidenciaba la anterior humedad detonada por las fricciones en el baño público, y sobre Reforma a las 2 de la mañana, ‘H’ con una mano en el volante y con la otra acariciando mi cabeza, me alentaba para no dejar de darle gusto. 
 
Viril, poderoso como piloto de Fórmula 1, aunque indefenso y abandonado a mis designios dactilares, comenzó a tomar más aire deteniendo el deslave de un volcán que me invitaba a explorarlo desde la base hasta la punta. Teníamos que estacionarnos; sin embargo, aún quedaba mucho por recorrer antes de llegar a cualquier calle propicia, así que zafé el cinturón de seguridad y me volqué hacia su falo para liberarlo de las telas; rígido, grueso y exquisito, escapó como liebre directo a mis labios y tuve que comérmelo. En cada chupeteo, daba pequeños enfrenones inconscientes, pero eso no nos perturbó y mi hombre suplicaba que no me detuviera, que esto era increíble, mientras sujetaba mi cabello. 
 
Por fin pudimos aparcar en la oscuridad y fue cuando me deshice de la tanga, quedando atascada en una de mis botas de caña larga como su miembro, y alcé mi falda de gamuza para empalmar mi sexo con el suyo, a la vez que me quitaba la playera, y él la propia y mi brasier. En la cabalgata incesante, me sometió contra el volante y devoró mis senos al tiempo que, sin daño, mi corona golpeteaba en el toldo, produciendo una sonorización que nos excitaba todavía más, acompañada de sofocos, lamidas, risas y los rechinidos del vehículo.
 
Experto, posicionó el respaldo hacia abajo y ya estaba totalmente encima de él; trastornados, nos besamos, restregamos nuestros cuerpos a medio desvestir y yo me contoneaba como en ese antro, cuando lo incité a cogerme en cuanto abandonáramos la pista. En ochos, adelante y hacia atrás; hacia el techo y fuertemente estrellándome en su centro, fuimos más capaces y contorsionistas que en ese sanitario. Sus manos apretaban mis nalgas como activando más potencia y así ocurría, yo me sostenía del asiento, de sus hombros desnudos y de las ventanas enturbiadas por los alientos y vapores que entibiaban el espacio en esa fría madrugada; los
 
Rolling Stones nos animaban a seguir la contienda y vigorosamente nos cumplíamos… 
 
Hasta que en la embestida final, desfallecidos expulsamos nuestros flujos, siendo el suyo más copioso y que inevitablemente cayó en el asiento, marcando aquella cabina impúdica que nos permitió tener sexo –aunque con un excitante temor de que llegara un policía— sin que nos interrumpiera alguien más en la fogosa afrenta.
 
Rígido, grueso y exquisito, su falo escapó como liebre a mis labios y tuve que comérmelo; en cada chupeteo daba enfrenones, pero no nos perturbó y suplicaba que no me detuviera. 
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