Se nos hinchó en el gym

“En la máquina de pectorales, se sentó para esperarme con el pene bien erecto que hinchaba sus mallas cortas”
Anahita
01/06/2016 - 05:00

Mi amiga me informó que había llegado un nuevo entrenador al gimnasio donde asistíamos, y su ánimo fue tal, que imaginé lo apetecible que podría ser el chico en cuestión. Así que, sin pedirle más detalles, le respondí que no faltaría al día siguiente para conocerlo.

Llegamos con nuestro mejor atuendo de ejercicio; top ombliguero, leggins bien embarraditos y maquilladas, pero sin que se notara nuestro esmero, y ahí estaba Gilberto; no era muy alto ni muy guapo, pero esos bíceps bien torneados y un paquete que me hizo salivar provocaron algo más que confianza para dejarme instruir como todo un profesional; yo quería otra rutina y creo que las mujeres que lo rodeaban también.

“Tú que puedes, que a mí me pegan, deberías ponerte lista porque las de su club de fans están bien dispuestas a darle un encerrón en los vestidores”, adelantó mi amiga. Así que dejé pasar un tiempo e hice uso de la indiferencia durante el lapso de preataque.

Hacerme la difícil parecía que lo prendía. Discretamente, me daba a desear; cada vez que se acercaba a asesorarme, con claras intenciones, tomaba mis manos indicándome cómo hacer lo correcto, posicionaba mis piernas en el sitio adecuado de los armatostes y corregía mi espalda baja casi llegando a mis nalgas. Un día, decidí que ya era hora de hacerle saber que también me gustaba y propicié la conversación: “Soy soltero, me gustaba bailar y las mujeres que se resisten a pasar un buen rato”. Además, me dijo que si “lo requería”, a él le permitían cerrar el gimnasio.

No tuvimos que irnos a otro lado, y una noche, después de los flirteos preliminares, roces calientes y susurros coquetos, pues ya habíamos planeado quedarnos solos en aquel salón, ocupamos el lugar a nuestro antojo. Sudorosos por la rutina, expedimos buena química y comenzamos el hambriento goce de los besos y manoseos; los espejos delataban la lujuria y en la máquina de pectorales, se sentó para esperarme con el pene bien erecto que hinchaba sus mallas cortas que silueteaban exquisitamente sus extremidades.

Yo, con mis leggins y panties lejos de mi cuerpo, me monté en su centro y refregué mi pubis desnudo contra su inflamación; la suavidad de la tela elástica me recordó el jugueteo que practico muy seguido sobre el textil de mi almohada favorita antes de dormir, pero esta vez, el bulto que rozaba mi carne latía, tenía vida, mientras él se sujetaba de las agarraderas, mostrándome ese torso pulido y moreno.

En cada restregón, la gran vena del cuello le palpitaba como si estuviera en plena acción gimnástica, arqueándose de excitación, y al tiempo que le lamía la yugular, empezaba a consentirme a través de su falo para venirme, empapándole con mi zumo el pantaloncillo. 

Yo, apunto de estallar, de inmediato le quité las mallas que usaba siempre sin ropa interior, le di una chupada, le enfundé a toda prisa el condón, me ensarté en su obelisco fuerte y venoso, y exploté con él adentro; las espontáneas contracciones de mi vagina pusieron a tope su miembro, y poderoso agarró mis caderas metiendo y sacando con rapidez para hacer detonar el orgasmo que estaba guardando desde que le echó llave a la puerta.

Dueños de la noche y del gym, entramos a la ducha de los vestidores y, de nuevo, ganosos y con todo el tiempo del mundo, sacó un nuevo condón, me puso contra los mosaicos y me ensartó igual de portentoso, mientras yo le repetía que me lo hacía riquísimo, que sabía que si así era en los entrenamientos, qué no me haría cuando por fin me cogiera. Y no me equivoqué.

Bañaditos y refulgentes de placer, salimos del gimnasio no sin antes darnos unos buenos apretones de traseros a la vez que nos comíamos las bocas satisfechos y cachondos por la buena rutina de ejercicios nocturnos.

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