Ofrecen ropa y ayuda, para robar bebés

El modus operandi de los raptores consiste en ganarse la confianza de las madres para después arrebatarles a sus hijos
Lydiette Carrión
10/01/2017 - 05:00
 

El pasado  7 de enero, en la ciudad de Chihuahua, una mujer rubia se acercó a un grupo de mujeres rarámuris. 

Se ofreció a ayudarlas y comprarles cobija, leche y ropa para sus bebés.

Convenció a tres. Las llevó a las tiendas y caminaron. Pidió cargar a una nena de un mes de nacida, de unos 40 centímetros, tez cobriza y ojos y pelito negros. Todavía tenía los granitos que le salen a los recién nacidos en la piel.

Entre el ir y venir por las calles, un posible cómplice, un joven de unos 29 años, delgado, blanco, se acercó a la rubia. Cuchichearon algo y aquél se alejó. 

Poco después, entre la gente, el grupo de mujeres avanzó; la mujer se fue rezagando con la bebé hasta que desapareció.

La rubia fue descrita como una mujer de entre 30 y 40 años, robusta, de tez blanca, pecas en la cara. Fue detenida en la noche del lunes.

Ahora se sabe que en realidad tiene unos 24 años. Hace dos años había sido detenida en Ciudad Juárez, tras esconder entre la ropa unos productos en un supermercado.

Desde las 5 de la mañana del martes, la bebé fue entregada a su madre.

Esta historia tuvo un final feliz. Pero en septiembre de 2016, en plena Ciudad de México, se dio un caso similar. Y todavía no se sabe nada de la bebé robada.

En ese entonces, Alejandra, una joven indígena mixteca proveniente de Oaxaca, vendía mazapanes a las afueras del metro Polanco. 

Se encontraba con sus tres hijas: las mayores de 4 y 5 años, y la más pequeñita, Beatriz, que estaba por cumplir el año.

Era el 1 de septiembre. Una mujer se acercó. Alejandra le calculó entre 35 y 45 años. Iba con un chaleco de color brillante, de esos que se usan en las construcciones, y botas. Alejandra pensó que no parecía haber crecido en la ciudad, sino que se veía de pueblo también. 

La mujer, un poco llenita, se acercó a ofrecerle trabajo en una casa. Aquel día, Alejandra no le hizo caso. Pero la misma mujer se acercó dos días después, el 3 de septiembre.

Entonces le ofreció comprar ropa para la bebé. Alejandra y la desconocida viajaron en metro, hasta la estación Tacubaya. Ellas vieron tiendas y la mujer compró ropa para Beatriz. 

A las afueras de una iglesia probaron que la ropa le quedara. Comieron algo. La desconocida se fue ganando la confianza de Alejandra y ya iban de regreso al metro, cuando una de las niñas mayores pidió entrar al baño. 

La desconocida se ofreció a cargar a la bebé mientras Alejandra llevaba a sus hijas a los sanitarios públicos. La joven madre dudó, pero al final decidió confiar. Para cuando salió, la desconocida ya había robado a Beatriz.

El modus operandi se repite. Por ejemplo, en 2014, en la fronteriza ciudad de Matamoros, Tamaulipas. 

Dos personajes parecen repetirse: una mujer que en esa ocasión fue descrita como de tez “aperlada” o morena clara, y “gordita”, y un joven flaco y alto.

El 20 de diciembre de 2014, Erika Valdez Azocar  llevó a su hijita, de apenas dos meses de edad, a conocer a unos parientes que venían de Houston, y sólo estaban de visita por la Navidad. 

La visita terminó temprano; ya para las 4:30 de la tarde, Erika iba de regreso a casa y esperaba su pesero en la zona centro de la ciudad, en la esquina que conforman la Calle 11 y Morelos. 

Ahí se acercó una mujer “gordita” de aproximadamente 1.55 metros de estatura, de tez aperlada o morena clara, cejas tatuadas o delineadas, nariz aguileña y ropa ajustada; la acompañaba un joven de entre 18 y 23 años, delgado, alto y blanco, de nariz chata y con corte tipo militar. 

La mujer le pidió ver a la niña y dijo que estaba “preciosa”. Se subieron al mismo pesero y se bajaron en la misma parada. Ahí, la mujer “gordita” ofreció a Erika una ropita de bebé que tenía. Bajo esos engaños, la llevó a una calle vacía, y ahí el joven la golpeó de muerte. La mujer robó a la bebé. Hasta ahora, se desconoce su paradero.

 

 
 
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