Terminar entre mujeres siempre es un drama

Como el sexo apasionado que nos tenía unidas iba a perder el encanto en algún momento, de la manera más cobarde, terminé con la supuesta relación con ella
Srita. Velázquez
25/05/2016 - 05:00

El problema de terminar una relación es el drama. Y entre las mujeres es aún peor. Somos vengativas, enamoradizas, rencorosas, ardidas, sumamente inteligentes y malvadas cuando debemos serlo.

En la cama todo es estúpidamente sensual: el placer de los besos en el cuello y los dedos que tocan justo donde deben tocar.

Pero todo lo que sube tiene que bajar. Y cuando en una relación desaparece la complicidad, el drama aumenta y el sexo ya no te enchina la piel, quiere decir que es momento de marcharte.

Algunos locos tratan de rescatar los rescoldos, pero muy pocos lo logran. Yo preferí retirarme antes de confundir lo nuestro con amor.

Soy pésima para terminar una relación, sea formal o no. Ellas terminan detestándome (y con razón), porque nunca tengo el tacto o las palabras correctas para decir adiós. Soy cobarde, lo acepto. Prefiero sufrir mi duelo aparte y recurrir a cualquier pretexto burdo, aunque sea el típico cliché. Lo primordial es no dar explicaciones...  a menos que las exijan.

En este caso, ella ni siquiera las pidió. Después de pensarlo por unos días le solté un patético “queremos cosas distintas, creo que es mejor terminar”.

Aunque aún no era mi novia, desde un inicio no necesitaba la etiqueta: yo sólo tenía ojos para ella. Pero lo que comienza mal, no puede terminar bien. Lo nuestro comenzó como una mentira: ella tenía novia y yo fui la espinita que se atravesó justo cuando su relación iba en picada.

Después las cosas agarraron vuelo y yo tuve que soportar sus mensajes y encuentros con la cuernuda. Y ella tuvo que soportar mis dramas y celos. Así es, lo que antes no tenía mayor importancia, ahora me lastimaba.

Creo que lo único que nos mantenía aferradas a que funcionaría era el sexo. Debo aceptarlo, era fenomenal. No teníamos nada en común, pero en la cama nos veníamos casi al instante de tocarnos. Encontraba comiquísimo que fuera de las sábanas los temas de conversación eran forzados y sólo con la dulce sensación del alcohol en la sangre lográbamos estar en la misma sintonía. Nuestros besos eran los más románticos y nuestras miradas derrochaban falso amor.

Nos gustaba engañar nuestra falta de empatía con comida y alcohol. Salíamos a divertirnos cualquier día de la semana para terminar en algún bar y finalmente en su cama.

Ya sin ropa todo volvía a la normalidad. Su respiración en mi cuello y mis gotas de sudor escurriendo por su vientre eran la escena usual. A veces me ordenaba que me pusiera a su lado para poder tocarme. Cuando ponía sus manos en mí yo no podía evitar apretarle la muñeca mientras me retorcía en espasmos.

Una mañana, después de abrir los ojos en medio de la cruda de costumbre, me di cuenta de la situación: lo nuestro no iba a ningún lado y el sexo eventualmente comenzaría a perder su encanto. Además, las noches de alcohol comenzaban a tener su efecto: en dos meses subí 10 kilos.

Cuando la terminé, ella, evidentemente molesta, me pidió sus cosas y me contestó con una frase que resultó ser un poco dolorosa: ¿Pues qué quieres que te diga? Desconozco si lo dijo por coraje o porque también se había desencantado de todo. Prefiero pensar que fue lo segundo.

Que terrible que las noches que pasamos abrazadas y riendo hasta llorar terminaron en un: ¿Tienes prisa o qué? Ni modo. Algunas cosas se encienden con el mismo frenesí con el que se apagan.

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