Lujuria, sexo y alcohol

Las noches de pasión se disfrutan en diversos puntos de la ciudad, aquí te comparto cómo se vive en uno de muchos lugares donde las banderas multicolores brillan en la oscuridad
Srita. Velázquez
18/05/2016 - 05:00

La noche cae y las sombras entaconadas comienzan a desfilar ante aceras llenas de suciedad y putrefacción. Lo grisáceo del cielo contrasta a la perfección con el asfalto lleno de cuarteaduras y colillas de cigarro regadas por el suelo. Indigentes y jóvenes perdidos sostienen sus monas como si fueran relicarios, sus balbuceos son oraciones musitadas de manera interminable  y el techo que los congrega juega a ser el lugar de reunión espiritual de algún Dios olvidado.

Son las ocho, y las luces de neón apenas brillan a lo lejos. Los tempraneros hacen su aparición y estrenan un suelo recién liberado por la refriega del día anterior. Huele a detergente barato y cerveza. Las banderas multicolor asoman relucientes ante fachadas llenas de luz y hombres corpulentos resguardan la entrada de este fantástico mundo llamado Marrakech.

Una vez dentro, después de una incómoda inspección de una mujer que revisó mi bolsa y pantalón, observo lo que viene de frente; aquí la incomodidad y el morbo se celebra.

El pudor es una palabra extraña en un lenguaje desconocido, que simplemente se ignora. El amor se reviste de ropajes finos con colores del arcoíris y la pasión se congratula en las maquinitas expendedoras de condones en el baño.

Suena música diversa, éxitos de los noventa, disco y pop dan paso a un desfile de la más amplia variedad humana. Subespecies con amplias espaldas portan pantalones entallados y blusas escotadas. Los jóvenes presumen un pecho recién afeitado y mujeres de cabello corto y alborotado usan camisas holgadas y retan con la mirada. Aquí, el maquillaje lo usa el varón.

La calle República de Cuba alberga este abanico de personalidades que se caracteriza por lo ácido de sus locales, lo discreto de sus hoteles de paso y una que otra librería de piezas viejas alrededor, pero sobre todo, por ser el oasis gay dentro de un Centro Histórico totalmente familiar, o al menos, hasta que dan las ocho de la noche.

Apenas oscurece, bebidas   permean de felicidad a un ambiente socarrón. Un paisaje sonoro lleno de efigies de santos adornados con luces entona la frase “Gracias por su preferencia… ¡sexual!” justo en la salida, mientras, en el recibimiento, la foto tamaño natural de un hombre mostrando su instrumento viril te motiva a que pidas el primer trago.

Después de las diez de la noche, en una pared blanca, se proyecta Saló o los 120 días de Sodoma de Passolini, sin embargo,  la atención de todos está en otro lado. Tal vez en el par de lesbianas que se bailan provocativamente una a la otra o en el travesti con la falda más corta que he visto en mi vida, quién sabe.

Para las 12 de la noche, todo ha subido de precio. Se paga el doble por tener el privilegio de embobar tus sentidos ante un mundo que es de por sí conmovedor. Cuando se termina el dinero, las sonrisas consecuentes son gratis. Difícilmente se puede caminar entre la muchedumbre de antifaces, rubor y rímel.

Aquí, el pecado, lejos de ser oprobio, es motivo de celebración. A las dos de la madrugada comienza el show.  Los bar tenders presumen sonrisas sobre lo que se avecina: un  par de garañones, que haciendo de la barra su escenario, incitan a la masa. Salen con sus falos en alto y congregan a la multitud de espectadores que tocan con los ojos y miran con las manos.

La exaltación de la lujuria es recibida con gritos y de nuevo se evoca la emoción de los que se congregan para limpiar su alma.  La entrada al baño está  bloqueada, por lo que parece ser una muralla de espaldas.

Al día siguiente, todo se esconde de nuevo. La noche se oculta detrás de un agobiante sol que hace pensar en lo insignificante que se ha tornado el tormento de Ícaro comparado con el de los pobres jóvenes y su cruda monumental. Al salir se lee de nuevo el bendito letrero,  cual Juan 3:16 en la puerta de las iglesias, gracias por su preferencia… ¡sexual!

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