Nos cachó mi hermano en plena calentura

Cuando me hizo falta su calor, ella llegó y mis dedos la recorrían, pero tuvimos la visita inesperada, olvidada
Srita. Velázquez
13/04/2016 - 05:00

Llegó a mi casa. La llamada había sido muy fugaz. Mi pretensión era que durmiera conmigo y nada más. Si acaso un sexo rápido para relajarnos y conciliar el sueño, pero nada más. 

Cerca de   medianoche le mandé un mensaje breve, sin pretensiones de insistir: "Estoy sola, ¿no quieres venir?".  Tardó un poco en contestar, pero finalmente recibí un "Sí, voy para allá".  Quince minutos después estaba afuera de mi puerta, envuelta en una sudadera enorme, con lentes y el cabello anudado en una trenza. Se veía tan tierna que no pude evitar abrazarla y darle un beso en la mejilla.

Dejó su carro en el estacionamiento y no en la calle (como casi siempre), por lo que asumí que pretendía quedarse hasta el día siguiente. Imaginé que tal vez quería pasar la noche conmigo y ya.

A la hora de acostarnos nos abrazamos y puse mi cabeza en su pecho. Todo apestaba a amor, así que rápidamente rompí el espejismo. Pasé mi mano bajo la playera enorme que le presté para dormir. Comencé a acariciarle, mientras ella me besaba el cuello. Le pasé las puntas de mis dedos por los rincones que siempre la alborotan: por su bajo vientre, por los huesos de la cadera que se asoman cuando se acuesta y por sus muslos.

Sonreí cuando sentí que su piel se enchinó al momento. Estuvimos dando vueltas por la cama toda la madrugada.

En un momento me tuvo a un lado, en otro yo le di la espalda para que me la recorriera a besos. Su cabello me hacía cosquillas en la nuca. Su respiración agitada ahogaba algunos gritos y su mano apretaba las sábanas. En algún punto no pude evitar rasguñarle la espalda.

Su vientre subía y bajaba en espasmos continuos y mis labios se paseaban por sus piernas y por su vientre para subir a su cuello de nuevo. Puse mis manos entre sus piernas y ella se mordió los labios. Cuando ella acabó, me dijo “ven” y me puso encima de ella.

Las dos despedíamos calor. Justo en ese momento sucedió lo que menos me esperaba y no, no me refiero a un orgasmo. 

Había olvidado que mi hermano me había pedido permiso para quedarse en mi departamento porque iría a una fiesta por la zona. Había olvidado que mi madre tiene un juego de llaves que seguramente le prestó con la intención de no despertarme si llegaba en la madrugada.

Obviamente no escuché cuando subió las escaleras, tampoco escuché el escándalo que hizo el manojo de llaves cuando abrió la puerta. Mucho menos cuando caminó hacia mi cuarto para avisarme que ya había llegado.

Además, inocentemente no cerré la puerta de mi cuarto porque no esperaba a nadie más.

La imagen que vio cuando entró fue el clásico cliché: Ella acostada y yo encima con la espalda descubierta.

El pobre de mi hermano sólo alcanzó a emitir un nervioso "Ay, perdón" y se fue a encerrar al baño.

Ella estaba apenadísima, pero yo no me aguantaba la risa: Mi hermano llegó segundos después de que los gritos ahogados habían cobrado fuerza y ya eran oficialmente gemidos escandalosos. 

Me bajé de la cama, me puse rápidamente la pijama que había terminado en el suelo y corrí a dejarle las respectivas cobijas  en la sala.

Le toqué la puerta del baño para que supiera que podía salir con confianza.

Después ella y yo, al fin hicimos  lo que originalmente estaba planeado: dormir.

Al día siguiente, cerca de mediodía salimos del cuarto. Las cobijas estaban dobladas y la sala intacta. Mi hermano se había ido. Ella se fue después. Aún apenada, pero sonriente. Cuando la acompañé  a su coche me regresó el mismo beso que le di cuando llegó.

Subí las escaleras pensando en lo cómico de la situación y considerando seriamente en comprar una agenda o un cuadernillo para no olvidar las cosas. Al entrar a la cocina vi un papelito pegado justo en el refrigerador. Era una nota de mi hermano:

"Me acabé la leche, perdón. Mi mamá se va a morir cuando vea tu nuevo tatuaje".

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