Las doñas lenchas van a lo que van

La señorita Velázquez vive un singular momento en un bar frecuentado por mujeres mayores
03/02/2016 - 13:32

¿Qué podrían perder? Es el argumento de mi amiga, cuando le conté cómo me abordó una mujer madura en el antro, a la que ¡claro! me di el gusto de probar

Hay dos tipos de mujeres "mayores" con las que he salido. Las primeras sólo me llevan siete u ocho años. Se comportan como si lo supieran todo en este mundo. 

Te quieren impresionar con sus autos automáticos (yo manejo un Tsuru 2004), con sus conocimientos del mundo salvaje y hasta te presumen de las miles de mujeres con las que se han metido.

Alguna vez, incluso una llegó a mostrarme fotos y conversaciones de sus ex, mientras me platicaba sobre cómo la había superado desde hace tiempo. Y mientras ella me contaba todos los detalles de su fallida relación y de cómo en cuestión de meses comenzó a vivir con la susodicha, yo intentaba pensar en una excusa creíble que me permitiera salir de ahí en cuestión de segundos.

A la hora del sexo, se volteaban los papeles. Sabrán mucho de la vida, pero siempre hay algo que ignoran en la cama. Eso sí, hubo una excepción. Una chica que me dio el mejor orgasmo de mi existencia y me ayudó a comprobar que el ‘squirting’ es real. Muuuy real.

El otro tipo de mujer mayor entra en la temida categoría de "señora". Su atuendo siempre las delata: pantalón de mezclilla, cinturón y camisa (o blusa) fajada. Zapatos negros, casi nunca de tacón. Cartera de hombre y en su facebook, en las únicas tres fotos de perfil que tienen, están con sus sobrinos, sus gatos o en el Botas, el bar de doñas lenchas por excelencia.

Yo no conocía este lugar en la Zona Rosa, sólo me habían platicado de él algunas amigas con madres lesbianas. Cuando llegué se me figuró a una disco de las antiguas, con todo y bola de espejos incluida. Las meseras eran señoras de cabello corto y teñido. Sombra azul en los párpados. Los de la puerta eran gorilas fornidos, uno de ellos tenía cabello blanco. Las frases de todos extrañamente siempre terminaban en un "mi amor". 

Llegué con unas amigas del trabajo. Closeteras, pero divertidas. Una de ellas incluso es casada, pero le encantan las mujeres.

Nos sentamos en la mesa más recóndita y después de acabar con el primer misil de cerveza y bailar las respectivas cumbias y salsas de rigor, nos pasamos a la pista. Empezaba el rock y las más jóvenes comenzamos a surgir entre las sombras. Me di cuenta que en realidad éramos pocas. Las mesas restantes la ocupaban parejas que se vestían de manera similar, usaban chamarras de piel y duraban con la misma copa toda la noche.

Cuando terminó la música y me disponía a regresar a mi lugar, una señora de camisa verde se acercó y me dijo algo al oído. Al instante le reconocí el valor de hablarme, porque ¿qué tan seguido una señora le habla a una chica de 24 años rodeada de sus amigas? La fiesta avanzó y regresé a mi mesa, no sin antes darle mi nombre y creo que hasta la invité a sentarse conmigo.

La mujer no era fea y no me disgustaba, pero francamente pudo haber sido mi madre. El final fue épico. Cuando nos íbamos, se paró de su mesa, se acercó a mí con paso firme y me susurró al oído. "Me vas a pasar tu celular o ¿qué?”. Me dejó los ojos como platos. ¡Qué valor el suyo! Sobra contar que mido más de 1.70 y la mujer no me llegaba ni al hombro, pero cuando me habló me miró a los ojos sin titubear y con el celular en la mano. 

Me acerqué, la tomé del cuello y le di tremendo besote. Tenía que hacerlo, admiré su valor.

 

Al final no le dí mi número, creí que no era para tanto. Cuando mis amigas y yo bajábamos por las escaleras hacia la salida, le conté a una de ellas lo que había ocurrido. Lo mucho que me impresionó aquella mujer y mis razones para besarla. Mi amiga, de edad similar a la de la mujer de la camisa de verde, me dijo: "A esta edad vamos a lo que vamos, ¿qué podríamos perder?".

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