La amiga perfecta, con sexo incluido

Ser la otra tiene sus ventajas, gozas del cuerpo, la piel, la compañía, pero sin compromisos
Srita. Velázquez
02/03/2016 - 05:00

Cuando descubrí que yo era "la otra" me sentí segura, en una zona de confort. ¿Qué puede salir mal cuando te dicen desde un principio que hay una persona de por medio y que te quieren porque les das algo que su pareja no? 

Es sencillo. Lo más fácil en estos casos es buscarnos cuando tengamos ganas de algo más que sexo casual, pero sin los compromisos de siempre. Es la "amiga" perfecta.

Su novia, fea como el demonio, no tiene  por qué saber que mientras ella la saca a pasear y la invita a restaurantes caros, yo la visito  en las noches cuando salgo de trabajar y la hago sonreir. El que la toque o no, es un punto aparte.

Desde que nos conocimos todo fue muy rápido y al ritmo que ella quiso. Apenas habían transcurrido tres días de que salimos por primera vez y de repente estábamos en mi auto, afuera de su casa, con su cabeza recargada en mis piernas y yo  vigilando de reojo que las patrullas que pasaban constantemente no se percataran  que tenía mi mano bajo su pantalón de pijama. Sí, era tan tiernamente descarada que bajaba en pijama a verme.

En dos días las cosas quedaron muy claras. Ni  ilusiones ni falsas esperanzas de que dejara a su novia. Eso no iba a pasar. Lo que ella buscaba era sexo y sólo eso. 

Aunque al principio me confundió un poco que me hablara pestes de la novia y me asegurara que no quería sólo “cotorrear”, sólo fue cuestión de tiempo para que me diera cuenta que era una coqueta experta. 

En el tercer día me dijo sin pena alguna: “Llévame a donde tú quieras”. Tuvo que repetir la frase cinco veces para que yo pudiera entender que tenía ganas de estar conmigo, pero para ir por una  hamburguesa.

De repente, me di cuenta. Ella tenía y tuvo el control todo el tiempo. Si salíamos era porque ella quería, si nos besábamos era porque ella quería, si nos acostábamos era porque ella tenía ganas. En ese momento recordé al buen  José José   y en mi peda  me puse a   cantar mentalmente la de Gavilán o Paloma.

Era un miércoles tranquilo, eran las 11 de la noche y estábamos alborotadas. ¿Qué más podía pasar? 

Hicimos una rápida parada a una tienda para dotarnos de un poco más de alcohol, por aquello del pudor o de una conciencia sensible.

Cuando llegamos al hotel, las cosas fueron simples. Pagamos, subimos a la habitación y la besé. Cuando se volteó a beber yo me quité la ropa, cosa que la indignó un poco porque no le dejé esa tarea a ella. 

Dimos vueltas en la cama y descubrí algo que me terminó de fascinar. Era capaz de tener orgasmos seguidos. Su vientre no dejaba de estremecerse con uno cuando ya sentía el otro. ¡Por primera vez me había encontrado a alguien más sensible que yo!  Sólo era cuestión de tocarla un poco para que su respiración se agitara. 

Después de una hora, cuando yo misma había llegado un par de veces y  mi ego estaba en el cielo  con el  "Me acabas de matar"  que me había susurrado al oído, ella se volteó y me ordenó aún con la respiración entrecortada: "¡Date vuelta!".

Me recorrió la espalda a besos, besó mi nuca, besó mis tatuajes y me tocó todo lo que quiso.

Llegué a mi casa a las 7 am, con una cruda que comenzaba a imponer su presencia, pero con estrellas girando alrededor de la cabeza.

En la columna pasada conté cómo la conocí: Ella me pidió mi teléfono, me invitó a salir y se ofreció a pagarme hasta el boleto de estacionamiento en nuestra primera cita.

Aunque  estaba muy a gusto con mi corazón de piedra y una mente capaz de olvidar a cualquiera, no sabía cómo interactuar con ella sin que notara que me tenía loca. 

En una semana, las cosas se tornaron meramente sexuales. Lo que inició con una ola de mensajes asquerosamente cursis, culminó en una noche de hotel y en una propuesta que apareció en mi celular al día siguiente: "Repitámoslo".

Al día siguiente, sin abrir aún lo ojos, me la imaginé con su novia. La imaginé besándola, diciéndole que la ama y que el tiempo junto a ella es maravilloso.  La pregunta de siempre me atacó de nuevo: ¿Qué podría salir mal? ¿Qué me enamore? No, porque lo estuve desde el primer día.

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