Bastan unas horas para enamorarse

Éramos cinco personas bailando en círculo. No los conocía ni me interesaba conocerlos. Sólo estaba ella. Se acercó a mí y me dijo despacio "Oye ven"
Srita. Velázquez
01/06/2016 - 05:00

La diversión es igual que el enamoramiento: pueden ser dos meses, dos semanas, dos días o dos horas, no importa. Desde una aventura que te hizo sentir más viva que una relación de años, hasta un beso que te hace recordar al amor de tu vida o incluso pensar que lo encontraste de nuevo. Las cosas más ingenuas tienen su encanto. 

En mi caso, fueron horas. Yo, que no salgo del Centro Histórico, me encontraba en la Roma. Una vez más la noche me hacía la persona más social del mundo. 

No sé cómo terminé en ese lugar ni por qué creí que sería una buena idea salir para olvidarla. Honestamente, no me arrepiento porque funcionó. 

Llegué a un lugar  pretensioso, fresa y asquerosamente superficial.  La entrada costaba lo que he gastado en toda una noche de fiesta. 

Ya dentro la gente era nefasta, payasa y con un aire de superioridad que se sentía desde la entrada. 

Creo que me quise sentir como ellos y le di 20 pesos a la chica del baño. Lo peor es que sólo me vi al espejo. 

En la pista, si a eso se le puede llamar pista, los chicos  estaban uniformados: camisa, brazos de gimnasio, mocasines y una cuba. 

Las niñas también eran similares: chamarra y gorro, aunque estábamos a 30 grados. No hace falta decir que estaba en un bar gay.

Yo vestía lo de un típico sábado en la oficina: suéter y tenis, punto. No sé ni cómo me dejaron entrar con la facha que me cargaba.

Apenas  salí del baño de 20 pesos  y rápido me puse a tono con el lugar. Pedí dos copas de whisky (obvio no iba a pedir una triste cerveza  indio).   Aunque el lugar me chocaba, estaba feliz. Ni siquiera había pensado en ella. Iba con un amigo y habíamos  llegado  justo después de otra fiesta, así que íbamos bastante entonados y con ganas de noche eterna.

Entre trago y trago sucedió lo inevitable... mi amigo platicaba con un par de tipos y entre ellos llegó  una chica que no dejaba de sonreír. Tenía una minifalda y una blusa de tirantes.

Al principio no llamó mi atención porque yo estaba más concentrada en una chica de la barra. Incluso cuando le pedí su número me dijo algo así como "pero es que no soy lesbiana.…", lo que obviamente  llamó más mi atención. Puede que una mujer no sea lesbiana, pero eso no significa que no le gusten las mujeres. 

Justo regresaba con una sonrisa enorme, un shot de cortesía en mano y con la promesa de que la chica de la barra se acercaría a nuestra mesa  cuando la  de tirantes me saludó. 

Mi amigo, con un jalón rápido, me la puso en frente y me dijo al oído: 

"Que te quiere conocer". No pude evitar sonreír. Era muy delgada y parecía que se iba a romper en cualquier momento.

De repente éramos cinco personas bailando en círculo. No los conocía ni me interesaba conocerlos. Para mí sólo estaba ella. Se acercó a mí y me dijo despacio "Oye ven".

De repente estaba a un lado de la mesa, con mis manos en su cintura y su mano en mi cuello.

Me encantan esos besos que marean. La noche siguió y yo terminé en mi casa a las siete de la mañana con la típica cruda marca diablo. 

Sé que esa noche valió la pena, porque a pesar de todo, desperté con un “pero no soy lesbiana eh...”  en la nuca.

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