Los nuevos seres queridos

El amor excesivo hacia las mascotas puede ser muestra de los problemas que aquejan a los dueños consentidores
Cecilia Rosillo
02/07/2014 - 05:00
Creo que primero tendré un perro (gato, u otro animal), ya después veré si me dan ganas de un hijo”, es una frase que se vuelve cada día más común entre muchas personas jóvenes.
Que los animales han sido “humanizados” es más que un hecho real, sobre todo en las últimas décadas donde muchas personas solteras o parejas sin hijos han adoptado animales de compañía para entrenarse para cuando llegue la maternidad/paternidad o bien, para reemplazar a la cría humana.
 
Parte de la humanización de las especies animales tiene que ver con el deseo del ser humano de poner a sus animales de compañía en el mismo nivel afectivo, de derechos y protección que a los demás miembros de la familia, pero con un factor muy importante por delante, con mucho menos compromiso; por ello no dudan en comprar o adquirir lo mismo que para un bebé.
Quienes tienen en sus animalitos puestas la esperanzas de aprender a cuidar y criar un bebé, le compran desde la cama hasta pañales especiales para que aprenda “dónde orinar”.
 
 
Evidentemente, esto cambia con la especie, pero el entrenamiento del “baño” es un proceso de civilización humana que adaptan para los gatos, por ejemplo, con el uso exclusivo del arenero.
Igual pasa con aquellas personas que definitivamente prefieren tener animales que hijos; les adquieren camas, juguetes y doctores que los vacune, cure y desparasite, igual que se haría con un bebé humano.
 
La estética de mascotas no es menos costosa que un salón de belleza y, además, en la mayoría de ellos hay que hacer cita con días de anticipación, las estéticas infantiles y de mascotas son dos veces más caras que las de adultos.
 
El extremo ha llegado a grado tal, que las tiendas de mascotas, aun si no vendieran animales, seguirían con grandes ventas de insumos para éstos, pues más allá de tapetes y jabones para pulgas, uno puede conseguir desde carriolas muy similares y hasta más estables que las de bebés humanos o hasta bolsas tipo cangurera para pasear al animalito o bien, transportarlo para viajar.
 
Sin embargo, los estudios psicológicos enmarcan a tres grupos de personas que comparten el mismo síntoma cuando adoptan un animal para sustituir un afecto humano: la soledad. Estos grupos son los solteros de edad mediana o los divorciados, las parejas sin hijos y los adultos mayores.  Pues sucede que el animalito requiere cuidados, pero es mucho menos demandante, más autosuficiente aun desde bebés,  menos complicado de criar y hasta más barato  que un hijo.
 
Una de las comodidades que tienen es que las personas buscan ser apreciadas y queridas de forma incondicional y más aún sin juicios o culpas, ya que los animales no reclaman ni la falta de atención ni una baja calidad de tiempo.
 
De aquí se desprende su necesidad de lealtad, que es otra máxima de las mascotas pues pase lo que pase siempre están ahí.
 
Además, una de las curaciones emocionales inmediatas de las personas que enfrentan soledad y esperan  subsanar esa falta con una compañía está en que es mejor encontrarse con el animalito que no reclama nada al llegar a casa, que sin nadie que les espere, lo que atenúa los efectos de la soledad. 
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