Nidia Nadia ardía por follar

“Todos se acercaban pretendiendo conquistarla y la seguían durante cuadras tratando de hablar con ella, pero de su boca no salía una palabra”
30/01/2016 - 18:32

No pasa nada. Son puros inventos, deberías darte una vuelta —se dice a sí misma Nidia Nadia Malpica frente al espejo.

Tiene ya varios años que comenzó a hablarse a sí misma, desde que se murió su mamá y se quedó sola en la casa del Condominio Horizontal.

—¿Cómo que son puros inventos?, si yo lo he visto con mis propios ojos. 

La gente que se contagia luego ya no puede dejar de follar, les sale baba de la boca, se retuercen de placer, se arrancan la piel de tanto jalonearse, pellizcarse y restregarse contra cualquier superficie.

Al terminar esa frase, Nidia Nadia desliza suavemente su mano por uno de sus senos, después bordea con la parte externa de la mano la curvatura firme de sus tetas como si estuviera dibujando olas debajo de ellas. Acaricia su vientre y deja caer una de sus manos hasta descansarla en la entrepierna para estimularse el clítoris mientras con la otra se pellizca un pezón.

Está a punto de comenzar a gemir, pero no puede masturbarse como a ella le gusta porque su otra mano la reprime con un fuerte manotazo.

—¡¿Qué estás haciendo?! ¡Déjate ahí! —se grita a sí misma imperativamente—. Te vas a contagiar tú solita y luego no vas a poder dejar de tocarte toda la noche como lo has hecho desde que no puedes salir. Ya hasta debes estar contagiada.

—Si serás mojigata —se contesta a sí misma—, una no se contagia así de fácil, además a estas alturas eso es lo mejor que nos podría pasar; contagiarnos para no dejar de follar toda la vida, si a ti también te gusta, para qué te haces la muy mustia.

Nidia Nadia Malpica ya no recuerda cuándo fue la última vez que habló con otra persona que no fuera su madre. Siempre fue una niña muy obediente, tanto que le hizo caso al pie de la letra a doña Socorro cuando le ordenó que no hablara con extraños. 

Lo que no calculó bien la señora cuando aconsejó a su hija, fue que los demás siempre son extraños hasta que dejan de serlo y para dejar de serlo se necesita hablar con ellos.

Para cuando doña Socorro quiso enmendar las cosas, ya era demasiado tarde, su hija había desarrollado una timidez absoluta y era incapaz de comunicarse con otras personas. La señora se la pasaba yendo a escuchar las peroratas de maestras y directores, a veces porque la niña prefería hacerse pipí antes que pedir permiso para ir al baño, a veces porque se negaba a contestarle al maestro las preguntas que le hacía. Eso sí, todos terminaban diciendo que era una excelente estudiante y que se portaba extraordinariamente bien.

Nunca más supo cómo aconsejar a su hija, sobre todo cuando dejó de ser adolescente y cada vez se fue poniendo más buena. Los pretendientes le llovían. 

Todo era cuestión de que saliera a la calle para que cualquier hombre viera a Nidia Nadia caminar y cayera prendado de ella deseando llevársela a la cama en ese instante. Tenía unas nalgas y unas tetas que se bamboleaban a un ritmo cadencioso provocando que se adelantara la primavera.

Todos se acercaban pretendiendo conquistarla y la seguían durante cuadras tratando de hablar con ella, pero de su boca no salía una palabra. Los más insistentes le llevaban serenata y se inventaban otros trucos tratando de llamar su atención, pero jamás recibían respuesta.

Ninguno de ellos imaginó que Nidia Nadia también los deseaba y que quería acostarse con todos, pero su auto represión no se lo permitía. Se ponía muy nerviosa y se bloqueaba. Al llegar a su casa se lanzaba sobre su cama a llorar, porque en el fondo ella quería ser una persona normal y hablar con la gente, pero no podía. Después de llorar siempre terminaba masturbándose recordando los piropos que le susurraban al oído, pero luego se sentía mal de haberlo hecho. 

Fue desarrollando una doble personalidad que con la muerte de su madre se desencadenó con mayor fuerza. Cuando lograba imponerse a sí misma salía al parque durante las noches vistiendo una mini falda roja sin calzones. Caminaba por el callejón y al llegar a la parte más oscura del parque, sin mirar para atrás, se levantaba la falda y se abrazaba a un árbol esperando a que llegara cualquier hombre a penetrarla. Era feliz sintiendo orgasmos sin tener que hablar con nadie, sin tener incluso que ver a nadie. 

Todo funcionaba muy bien hasta que llegó la epidemia al Condominio y ahora, después de reprimirse varias semanas, se moría de ganas de salir y alzarse la falda, pero nunca imaginó que venció a sus miedos y salió con su minifalda sin calzones, hallaría al hombre de su vida.

 

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