“Te prende al picarte”

“La picadura de la Drosophila provoca que otras personas pueden sentir una atracción física irresistible hacia la víctima”.
07/11/2015 - 11:48

Según algunos, la Drosophila angustinante es un insecto muy especial y ha dejado a lo largo de la historia su huella en diferentes culturas. Aunque nadie ha podido probar su existencia, ciertas teorías apuntan a que esa mosca ha sido la culpable de eventos que han cambiado a la humanidad. 

Por ejemplo, se dice que las míticas ciudades de Sodoma y Gomorra, destruidas por la furia de Dios, en realidad sufrieron una proliferación de Drosophilas que dejaron su sutil veneno en la piel de todos los habitantes y por ello, se convirtieron en sitios especialmente propensos a la sensualidad y al placer de la carne. 

Otro ejemplo famoso es el de Pompeya, la ciudad romana que ardió bajo la lava del volcán Vesubio. 

¿Por qué sólo unos pocos se salvaron de la catástrofe? Porque cuenta la leyenda, también allí hubo una plaga de Drosophilas y cuando se dieron las voces de alarma para que la gente saliera de la ciudad a ponerse a salvo, la mayoría de la gente estaba sumida en un trance sexual de tal magnitud que ni siquiera sintieron cuando el fuego volcánico los convirtió en cenizas. 

Como podrá suponerse, la mosca Drosophila, si es que en verdad existe, es el único insecto sobre la tierra que posee un veneno cuyos efectos pueden considerarse alucinatorios: no sólo provoca que la gente afectada por la picadura tenga visiones, haga viajes astrales y altere su percepción del espacio y del tiempo, sino que, sobre todo, provoca un exaltadísimo deseo sexual. 

Basta que la mosca se pose sobre su brazo para que usted se sienta húmedo y tenga la necesidad de follar inmediatamente con una fuerza feroz. Y no sólo eso, la picadura de la Drosophila provoca que se libere tal cantidad de hormonas que otras personas pueden sentir una atracción física irresistible hacia la víctima de la picadura. 

Éste es el bicho al que Jeremías Taylor había buscado toda su vida, desde sus años de estudiante hasta ahora, que se había convertido en un reconocido entomólogo. Buscó a la Drosophila en Brasil, en Australia y en el Congo, siguió las historias y las leyendas por Europa del este y por Borneo, dio la vuelta al mundo sólo para terminar agotado, sin dinero y sin una sola pista que probara la existencia de la también llamada “Mosca del sexo”. 

Y así hubiera seguido de no ser porque encontró a una mujer que también era entomóloga y que también buscaba a la Drosophila. 

Ocurrió en un barco, mientras cruzaban el canal de Panamá. Marimar Campirana, la rubia y hermosa entomóloga de origen chileno, espiaba lo que ocurría dentro de un camarote, libreta en mano. Estaba tan absorta que no se dio cuenta de que Jeremías la observaba: 

—¿Qué haces? —le preguntó él, más por curiosidad científica que por ganas de ligar. En realidad, nunca había sido bueno para eso. 

Ella no volteó a verlo, sólo levantó un dedo en el aire para pedirle que guardara silencio. 

Jeremías se acercó para ver qué era lo que interesaba tanto a esa bella mujer. Y no pudo creer lo que ocurría dentro de ese camarote: desnudos, enlazados en un abrazo intenso, el capitán del barco y una preciosa mulata antillana, follaban con locura salvaje sobre un catre que podría venirse abajo en cualquier momento. Ella se acariciaba la entrepierna mientras el capitán la penetraba de lado, deslizando con precisión su miembro hasta la negra hondonada de pelambre y humedad. 

El rostro del capitán se hundía en unos pechos inmensos, redondos y duros mientras la mulata gemía con los ojos cerrados y se mordía los labios. 

—¿Notas algo raro? —le preguntó Marimar a Jeremías, que no podía quitar la vista de esa escena de placer puro. 

Pero no, la verdad es que Jeremías sólo veía una escena de sexo, sin nada extraordinario. 

—Mira bien —dijo Marimar—, ahí, sobre el hombro de ella. 

Y entonces la vio. Jeremías vio que, sobre el hombro de la mulata, estaba una Drosophila, seguramente depositando unos huevecillos tras haber picado a la mujer. 

—Después de inyectar su veneno, sólo viven unos cinco minutos. Es cuando depositan sus huevecillos. En cuanto esos dos dejen de follar, puedo entrar para recoger el cadáver de esa Drosophila. 

Jeremías miró a Marimar con la boca abierta.

 En un inesperado giro del destino, justo cuando estaba a punto de rendirse, había encontrado no sólo una pista firme sobre la Drosophila, sino a una hermosa mujer que estaba tan interesado como él en el extraño bicho. 

—Sí, ya lo sabía —alcanzó a decir—. Aunque algunos estudios indican que la Drosophila puede sobrevivir hasta dos horas luego de haber inyectado el veneno, sobre todo en zonas tropicales. 

Ahora fue Marimar quien miró a Jeremías. Sin haberlo buscado, acababa de encontrar al que sería el hombre de su vida.

frase de zona g mujer g y asi como quien dice aqui pura poesía

Chuchito perez

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