El vampiro de Nuremberg

Su sed de sangre la saciaba con cadáveres en panteones, pero luego buscó víctimas vivas
Ricardo Ham
29/04/2016 - 05:00

La mirada de Kuno se dirigió al segundo nivel del pequeño librero, las viejas maderas estaban a punto de romperse debido a la enorme cantidad de libros depositados sobre ellas, el desorden propiciaba  la frenética búsqueda por un texto en especial, la proliferación de  portadas color negro con letras rojas no ayudaban en nada a la localización del libro que complaciera sus instintos asesinos. 

Kuno no cesaba su búsqueda, estaba planeando  algo grande y requería consultar algo, averiguaba qué podría ayudarle a terminar con esa contante ansiedad que sentía sin explicación alguna. 

Un pequeño libro salió de las esquinas de madera, unos colmillos ilustraban la descuidada portada, con desesperación buscó una página en específico, rápidamente leyó  aquella donde explicaba qué parte del cuello era mejor para beber la sangre de un solo sorbo, cuánta de ella podría encontrar en solo un cuerpo.

Una diabólica sonrisa se dibujó en su rostro, saboreó por adelantado el líquido rojo carmín, con los ojos cerrados imaginaba la sensación que obtendría y que seguramente borraría esa constante insatisfacción que la carne cadavérica le dejaba; era momento de dar el paso importante, esa noche Kuno Hoffman probaría por primera vez la sangre fresca de sus víctimas.

Los asesinos seriales germanos tienen una característica muy peculiar, mantienen una relación muy estrecha con la carne, el canibalismo y el vampirismo, una muestra es el caso de Kuno Hoffman, nacido en Nuremberg en el año 1931. Su difícil infancia dominada por constantes maltratos y golpizas recurrentes lo llevó a perder el habla y el sentido auditivo. 

Los hospitales psiquiátricos se convirtieron en una constante para él, en ellos se obsesionó por literatura sobre superación personal, devoraba cuanto libro del tema caía en sus manos, sin embargo, el gusto por el tema tomó un giro drástico cuando la superación iba de la mano del oscurantismo y la hechicería. Rápidamente pasó de un tema a otro, el satanismo y las ciencias ocultas aparecieron en sus hábitos de lectura y no desaparecerían jamás.

Pronto tropezó con referencias explícitas sobre vampirismo y necrofilia, encontró en los panteones la fácil manera de satisfacer su curiosidad por el sabor de la carne humana sin vida. Entre los años de 1971 y 1972, se reportaron al menos 30 violaciones sepulcrales, no fueron pocas las tumbas que recibieron la visita nocturna de Hoffman. 

Mediante las esquelas de los periódicos sabía qué cuerpos habrían sido recientemente sepultados, las visitas incluían precisos cortes con filosas navajas, bebía la escasa sangre que aún brotaba de los cuerpos, cortaba las cabezas y arrancaba la piel del rostro y en algunas ocasiones el corazón del difunto.

Pero la exhumación pronto fue insuficiente, Kuno se interesó por beber la sangre de cuerpos vivos, en 1972 salió a cazar a sus víctimas, llevaba consigo un revólver que accionó en varias ocasiones sobre una joven pareja que disfrutaba un momento romántico en su auto. La sangre de Markus Halder, de 24 años y Ruth Lissy, de 18, calmó momentáneamente la sed vampirezca de Hoffman, no quedó una gota en los cuerpos.

En menos de una semana, la policía alemana dio con el vampiro de Nuremberg, sin poner resistencia Kuno Hoffman se declaró culpable de los homicidios y las inhumaciones clandestinas, confesó haber atado a la pareja porque el novio le parecía atractivo y la chica mucho más linda que todos los cadáveres del cementerio que profanó.

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