La jabonera italiana

Leonarda Cianciulli vivió una niñez llena de golpes e insultos, fue concebida tras una violación, por lo que su madre siempre la despreció. Ya casada buscó ganar dinero realizando jabones y pastelillos, pero los elaboraba con la grasa de las mujeres que asesinaba.
Ricardo Ham
25/03/2016 - 05:00

Leonarda miraba ansiosa la vieja y sucia cocina, había puesto a trabajar a toda su capacidad el pequeño horno de carbón, miraba cómo el  vapor de las ollas salía con dificultad, su penetrante olor indicaba que el contenido pronto estaría listo. La espesa grasa que se pegaba al techo, goteaba lentamente como si deseara volver al viejo peltre.

Pareciera como si los despostillados moldes esperaran ansiosos ser llenados de nuevo por el humeante contenido. El rojizo carbón se esforzaba por descargar su energía, el aire que recibía le ayudaba a crecer las flamas. Las rejillas de la oxidada estufa veían caer trozos de metal al rojo vivo, la sosa cáustica por fin se había mezclado con los pedazos de carne recién cercenados.

Una pasta blanca fue el resultado de horas de cocción, los restos humanos y la preparación previa de Leonarda buscaban concretar un nuevo pedido de jabones y pastelillos. La sangre sobrante también se unió a una masa acompañada de chocolate, leche, harina y huevo, todos los clientes celebraban su sazón, tanto que la misma Leonarda Cianciulli  tuvo curiosidad por volver a probar ese sabor que buscaba perfeccionar.

Nacida en Italia en 1894, Leonarda Cianciulli soportó una niñez llena de maltratos, fue concebida tras una violación por lo que su madre la miraba como el producto de su peor pesadilla. Golpes e insultos eran el pan de cada día para la pequeña Leonarda, motivos suficientes para que buscara quitarse la vida en un par de ocasiones.

Pese a la negativa de sus padres, contrajo nupcias a los 21 años de edad, su madre la maldijo más de una ocasión por desobedecerla y no casarse con su primo hermano, a quien había elegido para desposarla. El odio que la madre de Leonarda mostraba hacia ella, jamás se le borró de la memoria y lo llevó a cuestas como una auténtica maldición, incluso llegó a consultar a varios adivinos gitanos que le predijeron la muerte de varios de sus hijos y que pasaría la vejez en cautiverio.

En su matrimonio logró embarazarse 17 ocasiones, pero 10 de sus hijos murieron durante la infancia, tuvo tres abortos involuntarios y sólo cuatro de sus hijos lograron sobrevivir. A los niños los protegía al extremo, temerosa de que las maldiciones de su abuela pudieran dañarlos.

Tras el arribo de la Segunda Guerra Mundial, Leonarda buscó la manera de conseguir dinero extra para su familia, el macabro plan constó de convencer a algunas de sus vecinas de realizarles tratamientos de belleza a bajo precio. Una vez que las clientas entraban a su domicilio, las emborrachaba y drogaba, luego las asesinaba y descuartizaba con un hacha en 9 pedazos exactos; las víctimas sólo podrían salir convertidas en jabones y pastelillos para reuniones sociales.

De las tres mujeres que Leonarda asesinó, logró embolsarse 80 mil liras, más las joyas de sus víctimas que conservó a manera de recuerdo. 

Tras la denuncia por desaparición de una de las mujeres, Leonarda fue interrogada por el paradero de Virginia Cacioppo, la tercera de las muertas. Ella confesó el modus operandi por el que alcanzó una condena de 30 años de prisión y 3 más en un sanatorio mental. Murió en 1970 de una apoplejía cerebral. 

 

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