El Diablo de Turín

El camionero italiano mataba prostitutas a martillazos y tiraba sus cadáveres amarrados con cable; algunas víctimas fueron calcinadas
Ricardo Ham
17/06/2016 - 05:00

El pesado camión se abría camino por las silenciosas calles italianas, los poderosos faros alumbraban el más oscuro de los parajes, el ruidoso claxon parecía gritar advertencias a todo aquel que pudiera escucharlo. 

El espejo retrovisor hacía las funciones de agente delator, revisaba ansiosamente cualquier de rincón de las plazas y  calles donde se detenía, el reflejo era el encargado de tomar  la última disposición: seleccionar la nueva víctima. 

La decisión estaba tomada, se eligió a la chica, pero no la forma de atacar, apenas subió al camión cuando un tosco y rasposo puño le pegó a la cara, pronto el martillo se dirigió hacia ella y sin miramientos golpeó una y otra vez hasta verse teñido de rojo. Las gotas de sangre salpicaron los asientos y el parabrisas apenas pudo contener los chorros carmín. Las manos callosas buscaron un cuello que no opuso resistencia alguna, el demonio había hecho de las suyas, la muerte se frotaba las manos al recibir  un nuevo  cuerpo sin vida, Turín pasaría otra vez una noche salvaje.

 En la segunda mitad de la década de los 80, la policía de tránsito de Turín se enfrentaba a un extraño problema al cual nunca había mirado de frente, llevaba 3 años rastreando al autor de al menos 7 homicidios cometidos contra prostitutas de la zona, sin hallar al culpable. 

El primero de los homicidios fue el de una sexoservidora encontrada carbonizada en su propio auto, antes de ser asesinada fue golpeada y atada de manos con un cable eléctrico. En el segundo ataque la víctima fue atada de manos con un cable similar y baleada directamente en la cabeza. La tercera fue estrangulada sin que faltara en la escena del crimen el cable que hilara los tres cuerpos sin vida encontrados hasta ese momento.

Otras 4 mujeres fueron halladas muertas con modus operandi similar, todas ellas eran mayores de 40 años y mostraban signos de haber sido azotadas y atadas de manos con cables eléctricos. El asesino trató de quemar sin éxito algunos de los cuerpos de las víctimas. La racha de muerte cesó de pronto, hubo un largo periodo de dos años sin que se reportara algún homicidio similar.

Fue hasta el 29 de junio de 1986, que se encontró una víctima más, se cuerpo fue arrojado a las orillas del río Po, después de medianoche, como una revisión de rutina, los agentes detuvieron al conductor de un auto Fiat, encontraron dentro una pistola 9 milímetros, suficiente razón para llevarlo a la comandancia y hacerlo declarar. Sin miramientos, el detenido, de nombre Giancarlo Giudice, un rudo camionero, confesó la cadena de homicidios que iniciaron 3 años atrás y confesó el homicidio de 8 mujeres.

Las víctimas fueron identificadas como Federica Pecoraro,  Annunziata Pafundo,  Addolorata Benvenuto, Maria Galfrè, Laura Belmonte, Giovanna Bicchi,  Maria Corde, Celia Mollo y  Maria Rosa Paoli, todas ellas sexoservidoras mayores de 40 años, incluso una de ellas, María Corde, fue tía del homicida.

Giancarlo Giudice declaró con lujo de detalles la forma en que dio muerte a las mujeres, el lugar donde se deshizo de los cuerpos y las fechas exactas de cada uno de los ataques, mencionó que 4 de ellas fallecieron en su propio domicilio y que eliminó los restos metiéndolos en sacos para dormir. 

El 26 de junio de 1987 el demonio italiano fue encontrado culpable por la cadena de asesinatos y sentenciado a 30 años de atención psicológica.

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