La masacre en Realengo

Ricardo Ham
08/04/2016 - 05:00

Wellington colocó el revólver contra su cabeza, estaba consciente de que pronto terminaría todo, con esfuerzos escuchaba las órdenes del policía que lo había herido y los gritos de las personas contra las que había disparado. 

Cerró un momento los ojos y recordó los rostros de sus primeras víctimas, de los profesores a los que pudo engañar fingiendo ser uno de ellos, deseaba gritarle a todos que lo dejaran en paz, que no lo hostigaran nuevamente pues estaba dispuesto a morir por un poco de respeto. 

Sin embargo guardó sus energías, aún le faltaba un último disparo; recordó los videos que había grabado con antelación explicando sus motivos, la carta que dejó en el escritorio del salón donde empezó a disparar, las frases que gritaba cada vez que jaló del gatillo. 

Para Wellington no era sorpresa estar tirado en el suelo con una herida sangrante, estaba dentro de su detallado plan, sabía perfectamente que muchos como él no sobreviven al día de la venganza, sus dos armas calibre .38 milímetros estaban casi vacías, sólo quedaba una bala, las anteriores dieron en el blanco. 

Cerrando los ojos y susurrando la pureza de su acción, Wellington Menezes jaló del gatillo para poner fin a la masacre de Realengo.

El 7 de abril de 2011, la Escuela Pública Municipal Tasso da Silveira, en el barrio de Realengo de Río de Janeiro, Brasil, fue escenario de los asesinatos de 13 estudiantes, quedando heridos 20 más. El ataque que sufrieron fue cometido por un  Wellington Menezes de Oliveira, ex estudiante del mismo colegio que consiguió colarse esa mañana  fingiendo ser un reconocido ponente.

 Durante su apresurado recorrido por los tres pisos del colegio, abrió fuego contra todo estudiante que se atravesó en su camino.

Previo al ataque, Wellington dejó en diferentes redes sociales y sitios de video, diversos mensajes donde justificaba su acción, la constante en los mismos fue un deseo de vengarse contra todos aquellos que durante su vida como estudiante lo acosaron y se burlaron de él por su apariencia y carácter reservado.

En algunos de sus mensajes hablaba de actos puros e impuros, hacía múltiples referencias al Islam y al bulliyng, hablaba sobre ideologías religiosas que llegaban a contradecirse unas con otras. Confesó estar consciente de morir ese mismo día y manifestó su deseo de ser cubierto con una túnica blanca, exigió que todo aquel que tocara su cuerpo, debía vestir guantes para no manchar su cadáver. 

Indicó que lo enterrasen junto a su madre adoptiva, que la casa donde habitaba fuera donada a alguna organización pro animal, pero su más profundo deseo fue que un buen seguidor de Dios, orase por él y pidiera perdón por lo ocurrido.

Tras los hechos, muchos ex compañeros de Wellington lo recordaron como el más hermético del colegio, aceptaron las burlas que le realizaban por su extraña apariencia y delirantes ideas, pero no accedieron a reconocer que el bulliyng fuera un detonante para el ataque homicida.

El gigante sudamericano, el país donde la alegría y la fiesta son comunes, decretó tres días de luto nacional tras la terrible masacre.

 

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