VIDAS CALLEJERAS

Agustín ganó la batalla contra el sobrepeso y descubrió su vocación para ayudar a los demás
Tanya Guerrero
29/10/2014 - 03:00
El sudor es la materia prima con la que trabaja. Vigila de cerca el dolor y la frustración de aquellos que confían en él. Los mismos que todos los días regresan con paciencia y tolerancia a disciplinar su cuerpo y su mente. Agustín Méndez es un entrenador fisicoconstructivista que a diario se lleva una recompensa a casa: ser testigo de cómo la gente sobrepasa sus propios límites. 
 
Para Agustín, el coraje es como un motor. Lo descubrió con 17 años y 20 kilos de sobrepeso. Dedicar tantas horas de su vida al cardio y a las pesas para bajar la barriga, le revelaron su vocación: le gustaba estar en el gimnasio y le gustaba más compartir sus experiencias para ayudar a otros. Un día, sentado en la máquina para hacer pierna lo decidió: sería entrenador. Tenía tan sólo 24 años. 
 
Con el tiempo, supo que este no es un oficio, sino un estilo de vida. Incluso una forma de pensar. “Si duermes es para estar bien. Comes para poder entrenar. Hay dolor físico y estrés mental porque ves que los otros pueden más que tú y sientes frustración. Después de pasar esa etapa, las endorfinas te hacen sentir bien.  Poderoso”.
 
Agustín piensa que para saber entrenar no es la experiencia ni la preparación teórica lo que sirve. Sino las dos juntas. Cuenta que la gente suele llegar al gimnasio con muchas expectativas. “Imaginan al instructor grande, fuerte, que levanta mil kilos. Hasta galanazo. La gente espera mucho de ti. Quiere que hagas milagros”.
 
Y aunque él no es realmente un ser milagroso, la gente lo ubica como alguien bueno en lo que hace. Por eso lo siguen. El año pasado, que se cambió de gimnasio, más de 15 se fueron con él. El secreto: la diversidad. “Hay instructores que te dicen échale más peso y no ven que hay muchos ángulos desde donde se puede hacer un ejercicio. Dar variedad cansa al músculo, lo congestiona, lo fortalece”,  explica.
 
Juan Pablo, un joven de 18 años, llegó un día al gimnasio. Quería entrenar, pero no se veía seguro. “¿Lesiones, fracturas, alguna enfermedad seria?” le preguntó Agustín por rutina. “Nada. Sólo esto”, contestó, mostrando en lugar de mano derecha, un muñón. 
 
“El reto es grande, pero lo principal es la actitud”, pensó Agustín. Cuatro meses después lo lograron. Luego de amarrar la barra a la muñeca de Juan Pablo, Agustín notó más cambio en él que en otras personas que llevaban el mismo tiempo. “Esa fue mi satisfacción y la de él. Tenía que entrenar a como diera lugar. Aunque no tuviera una mano”, dice. Agustín sabe que las personas fabrican sus límites y desconocen que la vida es como una competencia contra uno mismo y siempre debe estar por encima de todo, la voluntad. 
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