SIN CLÓSET: La reina de belleza

Cuando fui jurado de un concurso de belleza gay en Veracruz, tuve que salir a toda velocidad, luego de que la Policía se llevó a las “chicas” y la ganadora fue al azar, aquí va la historia
Raúl Piña
28/08/2015 - 13:16

Hace tiempo me invitaron a ser juez en un concurso de belleza gay en Tuxpan, Veracruz: “Señorita Costa Esmeralda”.

Eramos más jurados que concursantes; como canción de Joan Sebastian: ellas apenas 11, nosotros 16.

Las candidatas fueron pasando de una en una luciendo hermosos trajes típicos y después, sus elegantes trajes de noche. Mucho olán, mucho canutillo, mucha lentejuela, mucho brillo y colas largas, largas. Peinados altos que parecían que llegaban al techo y siempre con una sonrisa amplia que les mojaba los aretes.

Haciendo mención de otra rola de la Santanera —la arena estaba de bote en bote—, porras, apoyo a las favoritas, pancartas, silbatos, abucheos a las contrarias, hurras, vivas a las consentidas. Un verdadero ambiente de felicidad y de emociones.

El maestro de ceremonias llama a las tres finalistas para que el jurado las vea por última vez y decida quién será la nueva reina de belleza gay del estado y que pronto participará en el concurso nacional “Señorita México Gay”.

Un gran compromiso, considerando que allá se medirá —la triunfadora— con las ‘meras meras chuchas cuereras’ del país.

Las elegidas —se hace un silencio en el salón— son:

“Jeñorita Cuatza” (Coatzacoalcos)  “Jeñorita Orijaba” (Orizaba).

En este momento el silencio ya se rompió y es un escándalo de gritos, nombres, gente arriba de las mesas, muchos tomados de las manos, ellas nerviosas y con las piernas temblando de ansias.

“La terjera y última finalista es… ¡¡¡JEÑORITA TUJPAN!!!” (Tuxpan).

Comienza el revuelo y los insultos de “vendidos, rateros, está comprado, etc”.

Más de la mitad de la audiencia se va indignada y el conductor trata de controlar los ánimos, que para entonces están que ‘hierven’.

Tratando de elevar el evento a la categoría de los internacionales que se ven por la tele, el master del micrófono pide a las candidatas abandonen el recinto, para que así el jurado pueda emitir su voto de viva voz y se demuestre que no hay ‘chanchullo’ ni favoritismos.

Las tres potenciales reinas obedecen y abandonan el lugar, no sin antes recibir palabras de aliento de sus seguidores, en los que se incluyen sus familias, vecinos, chacales, novios, compañeros de trabajo y demás.

Al término del conteo final y ya sabiendo quién es la que resultó electa, llaman a las chicas, quienes ya llevan allá afuera al menos unos  20 minutos esperando la decisión.

Entra corriendo un morenito agitado, lacio lacio del susto y apenas alcanza a gritar en medio del local:

“La ‘julia’ se llevó a las muchachas porque penjaron que je ejtaban prostituyendo allá afuerita”, grita.

Todo es un caos, hay confusión, enojo, algunos corren a la calle a buscarlas, el organizador no sabe qué hacer.

La juez que está a mi lado, que es colombiana, me pregunta:

—¿Quién es ‘julia’?  Le respondo  a medias que es la ‘chota’, la ‘tira’, ¡¡¡la policía!!! Ella sólo acierta a decir mientras  coge su bolsor: ‘Upppps’”.

Comienzan a sonar celulares por todos lados y son ellas; las chicas finalistas preguntando quién es… ¿quién carajos es la que ganó? Les vale estar detenidas, sólo les interesa conocer el resultado. Lo demás, ya se arreglará con una fianza.

Yo, en un acto aventurado y para salir del paso, agarró la corona que está en un cojín de terciopelo rojo y se la entrego al locutor y casi gritándole le digo: ¡Pónsela a la que sea, pero corona a una de ellas!

—Total —le digo a la colombiana— lo que esta gente quiere es una reina.

El fulano toma a una de las chicas de la mano, la lleva al centro, le enjareta la tiara y anuncia ceremoniosamente:

“La nueva Señorita Costa Esmeralda es la representante de Huatusco”.

La marimba empieza a tocar “La bikina” y Cynthia Berenice Salazar de la Prada comienza su primer paseo triunfal ante la lluvia de exclamaciones en contra, el coraje de las perdedoras, el disgusto del ya no tan respetable público y la angustia del jurado que, para ese momento, ya no sabe qué está pasando.

Alcanzo a darle el último trago a mi copa y pregunto al mesero dónde está la salida trasera. Me llevo de jalón a la colombiana y a otros dos jurados y les digo: “Vámonos de aquí, que ésto se va a poner muy feo”.

 

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