EL OBJETO DEL DESEO: “Arde con mi tatuaje”

25/11/2015 04:00 Anahita Actualizada 17:45
 

Mira lo que me hice, le dije quedito, desabrochando el pantalón y mostrándole un tatuaje en mi bajo vientre en plena sala teotihuacana, del Museo de Antropología.

Según ‘G’, no alcanzaba a ver bien desde su 1.90 de estatura y entonces se puso en cuclillas y se acercó para observarlo a detalle. “¿Hace cuánto?”, preguntó mientras pasaba su dedo por el trazo en forma de luna; “desde que no nos vemos”.

 Sentí su aliento entre mi ombligo y el nacimiento del vello púbico, lamió mi dibujo, se levantó para aprisionarme y apretó mi nalga derecha, sugiriendo a un centímetro de mi cara que nos fuéramos de ahí, con tal cachondería que me arrancó un gemido ahogado.

Camino a mi casa, nos pusimos al día; ya eran dos meses en los que a distancia sólo intercambiábamos fotos de ambos desnudos y mensajes sexuales que resultaban buenas opciones para masturbarnos antes de ir a dormir, sin que faltaran las imágenes en las que estuviera incluida la rosa plasmada entre mi hombro y el cuello.

 “Cómo quisiera lamerte esa flor”, respondía a la foto enviada, que iniciaba el rito para relajarnos en una oleada de placeres virtuales a la medianoche de un par de días a la semana. Pero había llegado el momento de reunirnos en un sólo espacio, cuerpo a cuerpo y con un nuevo dibujo en la piel que debíamos estrenar.

En el pasado, mi rosa se inundó de su semen cuando me cogía por detrás; antes de eyacular, me tumbaba en la cama, se montaba en mi espalda y dejaba caer su pene en mi omoplato para que así escurriera su jugo hasta llegar a mi tatuaje. Le excitaba ver mi flor difuminarse en esa película blanquecina, para reaparecer como esos mensajes ocultos que resuelven un misterio, al extender su esperma en mis hombros y descender por la espalda, deambular por mis glúteos y meter sus dedos en la vagina. 

Parecía que esa rosa color púrpura se encendía en cada jadeo al hurgar cadencioso en mis adentros.

Ahora, se daría vuelo conociendo mi luna menguante sin espectadores alrededor. 

Acostada, recibí su lengua que se volcaba en el dibujo, siguiendo el contorno y entrometiéndose de vez en cuando en mi clítoris con su aguijón húmedo e intranquilo; mi zumo empezó a escurrir por mi entrepierna y lo lamió antes de caer en el edredón. Su boca se convirtió en una sofisticada coctelera para luego verter en mis labios un beso hambriento con sabor a mi sexo... No sé cuánto tiempo pasamos comiéndonos las bocas, mientras los vientres se embravecían con mi luna de por medio. 

Un tatuaje le da otro rasgo a los cuerpos, es como una exótica evolución meditada del ser.

Un tatuaje habla, se mueve y palpita como otra de las venas que nos surcan; el mío cobró vida desde que su humanidad oprimió mi anatomía, poseída por sus movimientos locos y dominantes, gastando algo más que la piel y sus genitales: sus ansias. Sí que era grande su gusto por mis ilustraciones como su fetiche favorito, porque podía estar largo tiempo malcriando mis tatuajes con chupetones y caricias, a la vez que se enorgullecía de mis contracciones con plena conciencia de lo que vendría. 

Con una fuerza que sólo de él he experimentado, e hincado sobre el colchón, tomó mis caderas y se clavó poderoso en mi coño soltando un gemido guerrero; su falo quedó inmóvil por unos segundos, pero luego empezó a entrar y salir con vigorosa complacencia, al tiempo que yo contemplaba su rostro endiablado que gozaba de la hazaña.

Mis manos se agarraban a las mantas en el vaivén de la embestida y mis piernas abrazaban su cintura suplicando que siguiera, pero su pene salió a voluntad y comenzó a frotarlo sobre mi clítoris y el vientre, mojó su palma con mi lubricación, untó su miembro y comenzó a masturbarse porque quería deslecharse sobre esa luna de sus recientes delirios.

“Vente conmigo”, gimió mientras tomaba mi mano para ponerla en mi pubis... ‘G’ era una torre de masculinidad y poderío frente a mí. Sólo bastó esa opulenta imagen para que yo rompiera en orgasmo al mismo tiempo que él, y así eyaculó salpicando mis senos.

Cansado y acariciando su glande, se dejó caer sobre sus pantorrillas y extendió su leche en el dibujo. Como antes. Juntos habíamos descubierto otro mensaje, que se plasmará en las siguientes fotografías vía Whatsapp hasta que nos encontremos otra vez, quizá con un nuevo tatuaje.

 

 

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