VIDAS CALLEJERAS

Durante varias décadas la tinta ha corrido por las venas de Guillermo, pues la venta de periódicos es toda una tradición para su familia
Tanya Guerrero
25/06/2014 - 03:00
A Guillermo Ponce le corre tinta en lugar de sangre en las venas. El color negro en los dedos y el oficio de voceador se los inyectó su mamá hace 39 años.
 
Memo es risueño, tiene una sonrisa grande que opaca al Sol, con el que se levanta para vender el periódico. De sol a sol, así es como dice que trabaja. Sus hermanas, junto con él, fueron “chavitos de puesto”, dice, y rememora  que de niños estaban bajo la sombra de los periódicos todos los días, de lunes a domingo. 
 
Cuenta que un día cuando tenía seis años, su mamá lo mandó a vender periódico adentro de la UAM Xochimilco, como cada mañana. “Éramos chicos y vendíamos el Uno más Uno y El Universal. De pronto, nos llegó un remolino y se nos hicieron cachos los periódicos”, entonces Guillermo se ríe a carcajada suelta.
 
Para él, ayudarle a su mamá caminando entre pasillos universitarios gritando “llévelo, llévelo” era “cosa de chamaquitos”, aunque confiesa que a veces se le llegó a perder el dinero. 
 
Treinta y tres años después, Memo espera a que los lectores abracen noticias y suelten monedas. Ahí, frente a la misma universidad a la que entró cuando era niño, se queda mirando y piensa que es importante rescatar la tradición. La misma que con el tiempo y la llegada del internet, ha dejado menos dinero.
 
“Desde niño viví de esto y me da tristeza que se vaya al hoyo algo por lo que tanto tiempo mi familia y yo hemos trabajado. Desde hace cinco años, ya no se vende como antes. Es como si de pronto este puesto fuera de la prehistoria”. Entonces Guillermo se queda callado.
 
Trabajar en el mismo lugar en el que su mamá lo hizo desde 1981, es algo que le suena conocido. Y aunque extraña los días en los que traía desde Calzada de la Virgen una camioneta repleta de prensa, él permanece aquí para darle de comer a los suyos.  
 
“Los puestos se van pasando de familia en familia. Si mis hijos se quieren quedar aquí, pues esto va a seguir el tiempo que Dios quiera. Para nosotros es una tradición”.
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