Por hurgar en basura tienen vida de hierro

Ser pepenadores les ha traído inmunidad a algunas enfermedades, pero también el oficio, que es el único que conocen, los condena a no salir del tiradero
Redacción
25/03/2014 - 00:07

Algo que nunca se le olvidará a Nacho Moreno fue haber encontrado una pierna humana entre la basura. “Ya muertas no parecen de a de veras, son como de plástico, blancas, blancas”. La historia de Susana fue diferente, ella lo que encontró en el tiradero fue el amor. 

Ellos nacieron en la basura. Jugaron sobre ella. Crecieron pensando que cerros de PET y volcanes de desperdicios era todo lo que existía.  

Parecen inmunes a las bacterias que han sido parte de su vestimenta. Las tienen en cada parte de su cuerpo.

Durante toda su vida han respirado hedores nauseabundos. Comen y descansan en medio de la podredumbre. “Nuestro cuerpo ya se acostumbró. Me lo explicó un doctor. Ya no te hace daño casi nada. Cualquiera podría enfermarse por una infección en los ojos, por el polvo en la garganta. Seguro a ti ahorita ya te duele la cabeza. A mí no. Mis anticuerpos ya están más grandes que los normales. El estómago de un pepenador es de hierro”. 

SIN TIEMPO NI PARA COMER

A los “todopoderosos por necesidad” la basura los ha asustado, los ha asombrado, pero también los gratifica. Les da identidad y un lugar en la sociedad.

Sus recuerdos infantiles están colmados de bolsas rebosantes en cascarones de huevo, cartones de leche y de vez en cuando, objetos filosos. 

“Un día de niño me caí en unos costales de vidrio y casi me vuelo un dedo. Fue a los diez años y estaba con mi mamá porque me llevaba a trabajar con ella”, dice Nacho sin quitar la vista de una bolsa rota de donde surgen papeles de baño y mangueras de plástico.  

En el lugar  donde trabajan, la nave alta del Centro de Transferencia en Gustavo A. Madero, pareciera que no existe el dolor o al menos nadie se queja por nada.  Y es que a juzgar por la dinámica, no tienen tiempo de hacerlo, ni de hablar; algunas veces tampoco para comer porque para que los cuatro turnos de cinco horas reditúen tuvieron que quitar la “media hora” de comida. “La vida de los pepenadores es muy difícil, si no sacas de un lado, sacas de otro”.

En este lugar sólo hay espacio para la basura. “Aquí es la vista, no tanto las manos, sino la vista de que tienes que estar bien al pendiente de lo que venga porque te puedes “pegar. Yo me he cortado muchas veces”, explica Susana. 

HUBIERAN QUERIDO SER “OTRA COSA”

Todos los que están aquí se conocen. La mayoría de las 80 personas, que durante un turno hurgan las cuatro bandas rebosantes de basura, son vecinos.

Incluso algunos fueron traídos al mundo por las mismas manos. “Todos los que ves aquí nacimos con partera o casi la mayoría, porque nacimos en el tiradero de Santa Fe. Ahí vivía yo con mis papás. En un jacal que era de lámina y cartón”, dice Susana.

Susana y Nacho hubieran querido ser “otra cosa”. Estudiar. Salir de la basura que, por generaciones, ha acompañado a su familia, pero la necesidad como destino los persiguió.

“Somos hijos de pepenadores. Es lo que sabemos hacer, no sabemos hacer otra cosa porque la mayoría de nosotros no tenemos estudios, debemos trabajar aquí. Es lo que nos heredaron, este empleo” asegura Nacho.

Aunque los tiempos han cambiado, la necesidad no. Sorprende la tenacidad con la que meten las manos y sacan el material que les da de comer. 

“Entre mi esposo y yo ganamos 700 por semana cada quien, más 300 de lo que vendemos aparte”, dice Susana, quien además confiesa que con ese dinero pagan un departamento que compró junto con su marido, en  Los Reyes La Paz. “Está como a dos horas y media de aquí. Vamos a pagar dos mil pesos al mes que es la tarifa más cara a 30 años”.

BUSCAN COSAS QUE SE PUEDAN SALVAR

Así como ellos han visto pasar fetos, perros muertos y suciedad, también la basura les ha deslumbrado. Además de darles para sobrevivir, los ha recompensado con alguna bolsita “sospechosa”  donde puede que vengan cadenas de oro, medallas o monedas de plata. A quien sabe cómo encontrarlos, los desechos le han hecho pasar hasta una semana completa sin hambre. 

Ellos se asemejan a hormigas que están buscando lo recuperable, lo reparable, lo revendible, lo que todavía se puede vestir o calzar y bien lavadito todavía sirve. Son redentores de todo aquello que aún se puede salvar.

A pesar de las malas sorpresas, la basura es su vida. En ella han encontrado subsistencia. “Me gusta separar la basura, no sé por qué. Para el que no le gusta, sí es  algo difícil estar aquí. No tener un patrón encima de uno es lo que mejor nos pasa”.

Detallan su vida, pero al mismo tiempo siguen con el desgaste de más de diez horas a pie al lado de la banda. Cuentan que aceptan su realidad, que es una tradición que sigue viva. El hijo de Nacho Moreno, como muchos otros, ya está aprendiendo a separar la basura.

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